El poeta de la muerte

Días como aquél, son aquellos que no se me olvidan. Días como aquél en los que me vi inmerso en tantos dilemas, son de los que no se puede escapar. Ahora, en la pasividad de mi escritorio, sentado y admirando el sol, trato de comprender cosas que me han hecho rememorar mi pasado. Si he sido torpe o no en el manejo adecuado de las situaciones, ya eso no importa. Me encuentro aquí, solo, aislado para no cometer estupideces.

Si alguna vez he hallado al amor, ha sido en una de sus formas más extrañas. Porque, verdaderamente, ese culto que llamamos sentimiento, sólo lo he sentido por alguien muerto. Fui expulsado de mi país natal y de cuantos tuve el valor de pisar. Ahora que vivo en esta isla, al amparo de mí mismo, me doy cuenta de la manera tan cruel, de la ejecución tan indiferente que podemos dar hacia alguien de nuestra misma especie. Generalizo pues, no hallo término más explícito para la situación que he llegado a vivir, que simplemente «especie». Del blanco de piel, hasta el negro, pasando por el indio, no fui aceptado por nadie; me consideraron siempre «una mancha» en los «superiores» trajes de la sociedad.

No trato de perseguirles, ni de lastimarles. Sé que la comprensión está más allá de sus capacidades, por eso les dejo en su ignorancia.  No diré cómo me trajeron aquí, y dudo mucho al hacerlo con el por qué. Pero es la única solución que veo, si no lo hago, puedo morir por la bravura contenida, o, por la misma soledad. Mas sé que estos papeles, que en realidad son pequeños pedazos de corteza arbórea, y esta pluma, que en realidad es la única roca afilada que encontré, serán mis amigos desde hoy. En el juicio en donde se puso en análisis mi conducta como ciudadano, ninguno de mis amigos me defendió. Tuve que aferrarme al brazo resbaladizo y lleno de púas de mi abogado, que, si no fuese por el dinero, nunca se hubiese conmovido por mí.

Cierto es, y no hay que ponerlo en duda, que, nadie vivo se merece la santidad. Todos podemos ser santos, pero para llegar a ese nivel hay que estar en la memoria de otros, y no en la conciencia propia. No sé si yo llegue a poseer ese título, pero, algo que no me puedo negar a mí mismo es que, adoro a la muerte. Tal  vez me dejé llevar mucho por ella. Al comienzo, en mi niñez, le preguntaba a los ancianos si en verdad existía un cielo y un infierno, dado que mi educación excluyó demás posibilidades. Siempre me respondían que eso esperaban, estaban tan inseguros como yo y, en aquellos momentos, concluí que la fe no salva a nadie. Más allá de lo que se puede considerar miedo, yo le guardaba un profundo respeto a la dama de negro que nunca regresa a quien se lleva.

Recuerdo cómo, casi con placer, los niños en la calle se acercaban, sin dejar de fijar su mirada en mis ojos. Adoraba su curiosidad, su atrevimiento. Cuando no tenía el humor suficiente, me contentaba con voltearme bruscamente y, con ojos desorbitados, gritar. Sólo algunos sonreían, el resto corría como tratando de buscar su alma, que estaba escondida del horror. Pronto fui creando una mala fama, al punto que, varias veces fui molestado por investigaciones policiales. No dejaba de reflejar odio a la autoridad, aún encontrándose enfrente de mí. ¡Ja! ellos no podían enorgullecerse de llevar una placa encima, pues eso no significa que verdaderamente tuviesen valor.

Uno de esos pequeños, volvía siempre. Traté de quitármelo de encima, incluso un día lo cogí y, arrastrándolo al piso en donde yo residía, lo amordacé fuertemente, mientras sacaba uno de mis preciosos consentidos. Su brillo hizo que las pupilas del niño se agrandaran, en vez de achicarse. Descubrí perfectamente que tenía ante a mí, a un lunático. Al soltarle, sonrió. Observó cómo, mi cara pasaba de la picardía al miedo. Dio un paso, y, me empujó. Por pura suerte caí, en uno de los sillones donde me sentaba a criticar mentalmente todos los aspectos de la existencia. Se sentó en posición india, y, cerró los ojos. Comencé a tranquilizarme, pues creí que estaba meditando, pues movía la boca lentamente, aún sin decir nada perceptible. Un sueño se fue apoderando de mi vigilia y, sin darme cuenta, olvidé al muchacho.

Nunca había estado allí, aunque el aire me traía recuerdos. Aunque no me sentía en mí mismo, comencé a caminar por una carretera olvidada. Aceleraba el paso y, no podía detenerme. Era una sombra, y no tenía conciencia de lo que hacía. La luz de la luna apenas me daba cobijo y, sólo creí, al ver la sangre que emanaba de mis manos.

Subí a un árbol que me estaba llamando. No dejaba de repetir: «Acércate, Sebón»…

De forma tan repentina como me dormí, así fui levantado. El muchacho, sujetaba fuertemente mis manos, y, al orientarme la vista hacia allí, qué sorpresa. Sus manos y las mías tenían un hueco en el centro de la palma. No sé aún lo que quería hacer o demostrar con esa especie de pacto. Pero su marca no la olvido. La V, en mis manos, dejada por obra de uno de mis cuchillos… ¡Y yo que me burlaba del miedo ajeno! ¡Es insoportable el encontrarse atrapado en este caos mental!

Traté de huir, pero no se separaba de mí, no olvido las palabras que aumentaban en estruendo: Sebón, soy tu hijo, ¿por qué renunciar a mí?

Al ver que no había lugar en el mundo en donde ocultarme, dije: Si lo eres, ¿por qué no me das amor, en vez de este castigo?… Con su voz suave, fría, respondió: Porque no he sido creado a partir de él.

Con muestras de la mayor ira que me ha nublado, lo alcé, le miré, en sus ojos no había odio, no había amor, ni miedo. No había nada. Le tiré. Y, corriendo, perdí el conocimiento…

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Aparecí de nuevo en mi habitación, abatido, y con los síntomas de haber sido víctima de una pesadilla: mi cuerpo estaba húmedo, lleno de sudor. Me acechaba de cerca un dolor de cabeza y, había una copa llena de un líquido oscuro. Pensé, que se trataba de un vino tinto. Probé un sorbo, y me di cuenta, que era sangre. Puse inmediatamente frente a mí, el reverso de mis manos. Contenían esa simple letra, que tanto significaba para mí en ese momento: ¨V¨.

Envié un telegrama a alguien que, en circunstancias normales, nunca hubiera acudido. El señor Veort, profesor especializado en todas las formas de arte, me encontró en el estado más deplorable que hubiera podido mostrar. En vez de salir en búsqueda de la policía, se sentó cerca mío, posando su mano en mi frente, examinó de cerca mis ojos, con una pequeña linterna de bolsillo. Al ver que aún permanecía despierto, me consoló:

– ¡Ay!, Sebastián, ahora qué te has hecho.

—Profesor, le juro que no he sido yo. Un pequeño diablillo me ha torturado   hasta llegarme a sentir apartado del mundo.

—No te mientas a ti mismo, es lo único que nadie puede solventar. Es hora de que otros cuiden de ti, o si no, algún día acabaras con tu existencia sin darte cuenta.

Le agarré fuertemente, implorando piedad. Pero su determinación no podía ser menos, estaba listo a incluso, actuar en contra de mi voluntad alegando que yo no estaba en capacidad de decidir sobre mí propio porvenir. Y aunque no se dijo ninguna otra palabra, durante un tiempo, sabía lo que me esperaba.

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Estando en una celda, para nada confortable, volví a verle. Ese joven, que a primera vista parecía ser inocente de todo pecado, era la maldad vestida de verdad suprema y reconfortante.  Porque, a la vez que provoco dolor, el placer no desaparece. La alegría no está exenta de mi presencia. Y la tristeza nunca me abandona.

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5 comentarios en “El poeta de la muerte

  1. Que viaje onirico ! Tal Virgilio en el ‘ Infierno’ de Dante !
    Nel mezzo del cammin di nostra vita
    mi ritrovai per una selva oscura… etc …
    Entonces encontrose con un diablillo !
    Cuantos demonios interiores nos encieran cada dia en nuestro propio asilio mental ! Ellos se jugan de nosotros hasta perdernos !
    Se dice que el Diablo , antes de rebelarse, fue la creatura la mas bella del universo y se quedo tan bello despues que , hoy todavia, caemos debajo su copa !
    Seguro que en mi cabeza , esta quieto esperanto el buen momento, unos de estos diablillos !

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    • En este cuento, el protagonista es uno de mis escritores preferidos (al menos lo comencé pensando en él), y el diablillo soy yo. Porque él me inspiró a escribir, pero es seguro que si aún viviera no le gustaría del todo la idea, por lo que, sería ése hijo indeseado que sólo busca su aprobación.

      Por otra parte, me gustaría mencionarte que escribí toda esta historia repitiendo sin cesar éste disco: https://www.youtube.com/watch?v=WCwfUX58IZw [Me gusta mucho la electrónica, pero mi gusto en sí es ecléctico, disfruto del jazz, al blues, la música clásica y otros géneros tanto como la electrónica 🙂 ]

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