Fredo o un ensueño de amor…

El señor Alfort observaba intensamente, no hallaba mayor regocijo en cualquier otra actividad. Ni los segundos se salvaban de ser examinados bajo su atenta mirada… Era un hombre de gestos lentos, tranquilos. Su caminar era único y calculado: sólo se trasladaba siguiendo el compás de la que él llamaba «la melodía de la vida». Por eso su paso cambiaba siempre adaptándose a cada situación. Cuando la noche se paseaba sobre él, sus pies andaban melancólicos. Cuando el día le sonreía, no dejaban de danzar de aquí para allí, recreando el continuo movimiento que representa la vida. Observaba siempre con una sonrisa detrás de lo aparente. No era un comediante, sólo era un feliz ser que no hallaba regocijo ocultando su bienestar. Observaba, y sus pesados lentes servían de muralla; no veía la realidad como todos los demás. Decía, y es importante dejarlo escrito, que: «Sólo aquel que no halla diferencias entre cada cosa existente, está loco o, por decirlo de otra manera, está glorificado». Si aplicásemos este concepto a su figura, no habría alguna duda en que él formaba parte de esos, «los glorificados». Creía en una fantasía en la cual, todo en este mundo, era una sola cosa… que nada estaba separado. Que términos como «ellos», «ella» y «él», no poseían lógica alguna. La única manera de hablar sería utilizando siempre un «nosotros».

Discretamente sus convecinos conspiraban para retar su sabiduría. En ocasiones, uno se ofrecía a mandar a su hijo con una simple pregunta a la puerta de, como le apodaban, «Alfort el loco». El señor Alfort, que era siempre amable, y aún más con la juventud, siempre sonreía al que se le presentase en su puerta, alta, de noble madera, con un picaporte clásico de hierro. Su barba y bigote ocultaban la mayor parte de su boca, y, aún con todo, la mueca que realizaban, era fácilmente reconocible. Una vez un niño se le acercó, mientras se hallaba en la mecedora del jardín de su casa, y le dijo:

—Querido señor, ¿podría usted decirme cuál es la mayor verdad de todas?

—Claro que sí, pequeño, la mayor verdad que puede haber es ésta: «Ámate a ti mismo, así llegarás a la eternidad».

—Ah, querido señor, ¡pero yo no sé qué es el amor!

El señor Alfort le observó intensamente por unos segundos, y se levantó. Sus ojos brillaban, había encontrado al fin a alguien puro. Posó sus manos en los hombros del muchacho y le habló:

—Oh, querido niño, he de arrodillarme ante ti. No había creído en muchos años… Has de venir otro día, debo mostrarte todo lo que sé.

—De acuerdo.

El pequeño niño de los ojos esmeralda le sonrió, y le dijo su nombre:

—Soy Fredo.

—¡Bendecido sea ese nombre!  —exclamó con verdadero sentimiento el señor Alfort. Dicho esto, el pequeño se fue directamente a su casa. Sus padres le estaban esperando con una mirada perdida en el suelo, agotados ya de plantearse tantas posibilidades. Al verle, se sobresaltaron y, realmente agradecidos con la Providencia, se dirigieron hacia su hijo; con vehemencia le interrogaron:

—¿Dónde estuviste, Fredo?

—En la casa del señor Alfort.

—¿El loco?

—No le considero así. Es un hombre de muchas palabras, y se emocionó mucho cuando conversé con él.

—¿De qué hablaron?

—Del amor.

—¿Y por qué fuiste a hablar con ese hombre?

—Oí las palabrerías de las señoras y señores del pueblo, y quise averiguar por mí mismo como era él. Decían que es un loco, pero yo creo que sabe mucho.

—Pero querido mío, el saber mucho ya es un tipo de locura. No queremos que vayas más a la casa de ese señor. Qué dirán de ti, ojalá no te hayan visto.

—Está bien. Me disculpo, padres míos, por mi mala acción.

—Todo está perdonado, querido. Pero recuerda que el perdón sólo se recibe si uno es ignorante; no debes de jugar con lo desconocido, pues tarde o temprano te puede engullir.

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El señor Alfort observaba intensamente. La luz de la Luna se reflejaba en sus pupilas y en sus lentes. El nombre del niño le había interesado… Era único. «Fredo»; al pronunciarlo, su lengua y sus dientes se sincronizaban para reproducir una música espléndida. «Fredo»; la palabra movía su entorno y le hacía viajar al pasado. A un pasado más allá de su presente vida. A un pasado profundo, detrás de todo lo que él representaba. Se dejó llevar por la magia, y continuó sentado en la mecedora. La noche permanecía tranquila, brindando a todos tanto tristeza como alegría.

El sueño le había transportado, ahora yacía en un hermoso y elegante césped; ya no tenía en posesión un cuerpo anciano y torpe. Oh, no, ¡era joven otra vez! Su felicidad no cabía dentro de su mente; así que, para no verse abrumado por ella decidió ver lo que había a su alrededor. Al lado suyo estaba recostado un joven que le miraba, su mirada le era familiar… Pero había algo que no cuadraba ni aún con los mejores recuerdos, y eso era que su sonrisa era un tanto más pícara, seductora, que aquella que recordaba. Se aclaró la garganta y le preguntó su nombre:

—¿Pero cómo has podido olvidarme? ¡Si soy Fredo! ¡Oh, parece que la carne en realidad vale menos que el alma!

—Fredo, no recuerdo nada acerca de ti, ¿podrías contarme nuestra historia?

—¡Haré algo mucho mejor, te relataré tus propios recuerdos! Hemos de empezar por el final, pues, ¿qué mejor comienzo para una historia?

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El paisaje es inmenso. Veo los arboles, todos juntos, todos en grupo… Y, aun así, conservan individualidad. Veo a los animales, todos curiosos, me observan…

Busco mi voz, y cuando le hallo arrullo a mis compañeros. Están felices… Están completos. Luego, en una nota grave, solitaria, suspiro. Me levanto y sigo; adoro esas figuras, esas imágenes a mi alrededor. El viento me sube y siento como el arco iris, que domina el cielo, entra en mí. Sus colores dan variedad. Sus colores dan vida. Floto, pues no hallo que más hacer; sobrevuelo todas las haciendas, veo a los niños, a los campesinos.

Saludo al gavilán, y me siento en la mecedora de una pequeña cabaña. Alguien sale y me habla:

—¿Quién es usted?

—Oh, sólo soy un alma que vaga entre la existencia —contestó.

—Le felicito… —me dice.

Antes de poder preguntarle por qué es bueno vagar, entra de nuevo a la casa. Decido que es hora de seguir, así que, me levanto, alcanzando la cornisa de una ventana y, salto.

Aparezco en otro lugar, curiosamente adornado en blanco y negro. Camino y el pasillo en el que me hallaba, se alarga. Una mirada maravillosa me está examinando con aquella expresión absurdamente genial… Es Fredo. Al notar en mi faz que le había pillado, da un brinco y con elegancia hace una reverencia.

Me ruborizo y pienso en irme de allí. Pero eso sería huir. Y no se puede ser cobarde con respecto a los asuntos del corazón. Así que, yazgo allí, esperando. Su boca comienza a moverse, está cantando; o al menos eso parece… pues no le puedo oír. Me siento agradecido, a pesar de que no le comprendo. Le amo… Y aunque mi amor me haga ciego, sordo y mudo, no dejaré de luchar por él. Una lucha no siempre es física; y justamente aquellas batallas en las que un cuerpo no se enfrenta a otro, son las que requieren de mayor voluntad, de mayores armas. Le amo… por eso sufro. Le amo… por eso cada día me descubro a mí mismo… Le amo… y sin embargo, un amor así no debería ser concebido. Comienza a desvanecerse su figura. Trato de retenerle, pero comprendo que estaremos cada vez más cerca.

Le dejo ir, y sigo caminando. Mil demonios surgen de la tierra y me amordazan. Que caras tan bellas poseen, y que crueles sus manos. A ellos… a ellos también les amo. Sacan llamas de donde sólo había aire, y me queman. Sonríen, y son felices. Sonríen, y yo no puedo más que hacer lo mismo. Me torturan… y se los permito. Pero antes de que mi dolor se vuelva eterno, aparece ante todos un ave brillante, envuelta en fuego. Es el fénix.

Todos se esfuman, no soportan la presencia de tal pureza. Yo le agradezco sin siquiera dejar de sonreír. El fénix me libera de mis ataduras con sus garras, y toma la forma de mi cuerpo. Me veo a mí mismo en una forma superior, hermosa, divina. Le beso en la frente. El miedo al fuego nunca es mucho, porque también es vida.

Al haberle besado su energía comenzó a fluir en mí, un alma desdichada, vagabunda. Allí siento mi verdadero poder, y pronuncio la que será siempre mi máxima: «Todos somos dioses». Me esfumo y surco de nuevo los aires con una serenidad estoica. Mis ojos se han tornado blancos… y aunque sigo siendo ciego, mudo y sordo, en cada partícula de lo que ahora soy, me siento en comunión con el universo. Mis alas, de un color dorado y rojo, son inmensas. Navego en la eternidad, y entiendo que no era algo imposible de entender. La eternidad es, sin duda alguna, la vida misma.

Una voz me llama… es completamente musical. Dirijo mi vista hacia arriba, y entre las nubes, veo a un ángel. Su cuerpo desnudo permanecía. Sus alas también eran inmensas, pero de un blanco cegador al principio, y sanador al final. Me dice: «La eternidad, querido, es lo que pueden poseer todos; la eternidad es un estado de elevación, pero no todos quieren estar en las alturas». La sabiduría de sus palabras me agradaba, así que me acerqué. Cuando le pregunto su nombre, responde: «Soy Hermes».

Me conduce por esa ciudad, por ese mundo de Luz. Y al final esta él, junto a Atenea. Me estaba esperando. Me lleno de valor y digo: «Señor Hades, deseaba conocerlo… acabo de aprender que la muerte no es dolorosa» y él, con su mirada firme, responde: «Nunca lo ha sido, sólo es un cambio».

Continúo. Me siento… y dos brazos se ciernen sobre mi pecho. Oigo una melodía: «Si a tu amado queréis ver, como Perséfone debéis ser», razono y digo: «¿Debo dejarme raptar?». La melodía continúa: «Ya la verdad has escuchado, tiempo es, de llevar a cabo lo pensado»; los brazos se tocan entre sí y me conducen hacia un vacío, asfixiándome. Cuando creí que iba a desaparecer en la nada, me vi acostado sobre una superficie dura; piedra. Al recuperarme, detallo el ambiente… Estaba en el infierno.

«¿Qué te parece?», oigo decir. Me volteo y mi Fredo estaba allí. «¿Qué hacemos aquí, querido mío?», pregunto… «Soy el que posee la Luz, y te la otorgo a ti, mi amor», me dijo. Sonreí; me besó en la frente. Y su sello, quedó para siempre en mi alma.

El color había regresado, sus ojos esmeralda me miraban. «Contigo, en la eternidad», proclamé.

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Ni la claridad afectó al viaje del señor Alfort. El sueño le había hecho pensar, y en un determinado momento del día, el pequeño niño Fredo se presentó. Al verle, reconoció esa intensa mirada esmeralda, y, con ternura, le pasó una mano por la cabeza… acariciándole sus cabellos.

—Señor Alfort,  ¿llegué a tiempo?

—El tiempo en nosotros es eterno, querido mío. Y nunca es un mal momento para aprender. Ahora, debemos empezar con un tema muy importante…

—Ah, y ¿cómo se llama?

—El ensueño siempre presente del amor.

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4 comentarios en “Fredo o un ensueño de amor…

  1. Pfuuuu !!!! Muchas referencias surgen al leer este texto que no se por donde empezar ! Lo primero es el recuerdo de mis lecturas pasadas cuando Stefan Zweig describia ” la confusion de los sentimientos ” entre el viejo profesor y el joven alumno . Aqui tambien me surgen la memoria de todos estos viajes initiaticos en la mente . Cuando la experencia transmite su saber ala ternura de la joventud , marcandola para siempre !
    No puedo seguir este commentario sin mencionar al ” Conocete ti mismo ‘ del Gran Socrates . Conocete ti mismo, y asi conoceras a los dioses y el universo ! Si Dios , por su natura misma es ‘Amor ‘ y nos a creado a su imagen podemos deducir que , nosotros tambien somos ‘Amor’ . Sin embargo, lo mas dificil es tener una clara vision de si mismo, porque siempre nos vemos diferentes de lo que verdaderamente somos ! Entoncer como discernir en nuestra mente la parte divina del amor ! Gran programa … una vida no es suficiente para conseguirlo ..almenos de encontrar al buen mentor en el buen momento !
    Fredo y la eternidad para conseguir el concepto de “amor” verdadero…. Las filosofias orientales indus , el cristianismo , y las recientes descubiertas acerca del origen del universo ( Einstein era un gran creyente) nos traen todas hacia la misma nocion de amor . El Senor Alfort ha comprendido la permanencia de esto en cada mente :El ensueño siempre presente del amor.” el natural mismo del ser humano y de la marteria . Con esta frase lo dice todo ! Somos a la vez amor , material y imaterial : un sueno ! La materia existe o solamente es creacion por amor de una mente absoluta ? La gran question siempre de actualidad : Porque las cosas existen ? Porque no existirian en otra dimension ? … existen solamente por la voluntad de un ‘Amor’ ! Lo llamaremos ‘Dios ‘ o ‘ Amor universal ‘ como cada uno quiera !!!!

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    • Nunca hubiera encontrado tantas referencias en mi propia historia. Te agradezco desde lo más profundo, Thomas, por haberlas anotado aquí.

      Si te soy sincero éste fue mi primer intento de escribir una novela, que terminó siendo un cuento solamente. Y lo inspiró el joven de ojos verdes que ya te he mencionado por otros medios; le hice llegar ésta historia y dijo que le gustó, pero no creo que haya experimentado lo mismo que tú al leerla.

      Mi propósito era, en un principio reflexionar sobre el amor en sí a través de diálogos como los de Platón, pero no se dio así, y justo ahora no me arrepiento. Porque la manera en que lo has comprendido me hace feliz, me hace sentir amor de verdad. Gracias, muchas gracias… Mon chéri. 😉

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  2. Gracias !! Me vez muy tocado por tu respuesta ! Solo dire esta frase , sacada de una cancion “De la sombra o de la luz ” : ” encontrar de nuevo en una sonrisa todas las leyes del universo !”
    Al veces , en las cosas las mas pequenas se distinguen las Verdades las mas immensas !
    Esos ojos verdes , nunca los olvidaras ! Poco importa si intendio el sentido profundo … lo que espero es que haya sentido todo el amor que le dabas y que no supo ( o no quiso) tomar ! De un modo o de otro , siempre se trata de Amor ! Volvemos a la esencia misma de nuestra historia !
    Seguro que no lo dejastes indiferente alguna parte! Y cuando se encuentre en oras oscuras , quizas empieze a recordar ese amor que no supo mirar a su justo valor !
    No se siente el ambre la boca llena !
    Hasta pronto de leerte !

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