Ideal juvenil…

(Para Frédéric, que ha estado allí para mí, y me ha brindado una nueva entrada a eso en el infinito a lo que yo llamo «luz»…)

Pocas veces somos testigos de tal fusión entre verdad y mentira. Pocas veces su combinación se presenta sin imperfecciones, dando un producto homogéneo, un producto ideal, equilibrado. Me sorprendo cada vez que le veo; su mensaje no lo llego a captar en totalidad y, aún con todo, sigo adorando su forma, y el contenido que soy capaz de vislumbrar.

Mi ceguera no me permite, naturalmente, dar una definición. Sólo puedo ofrecer un nombre. Y es que lo bello de un nombre no reluce principalmente por su etimología, no, queridos míos; reluce por las emociones que nos sobrevienen al percibir con atenta y sabia espera su fonética. Las palabras, son la base de toda sabiduría, y su pronunciación, la base de toda manera de sentirla. No debéis creer que condeno la lectura silenciosa, pero, queridos mios, hoy en día la voz lo es todo. Y hay muchos ejemplos de ella, en los que puede modificar el sentido de las palabras de tal modo que, hasta el manifiesto más cruel, pueda poseer una singular belleza.

Le veo, y su complejidad queda grabada en cada milímetro de mis torpes ojos blancos. Escucho lo que me dice a través de miles de voces y lenguas, y algunas veces le comprendo. Le siento en mi piel cada mañana. Le tomo por sus cabellos y beso sus hombros firmes y esbeltos por la noche. El nombre que le he puesto resalta más por fonética que por etimología; resalta más por los diferentes significados e interpretaciones que se le da que por una definición que yo mismo pueda algún día establecer; resalta y no en vano… pues todo su poder, o toda su influencia, radica en su persuasión. Y nadie, por santo o ignominioso que fuese, se ha resistido a su exótica y uniforme figura. La aterradora simetría de su cuerpo se superpone a la de su mensaje. Cada vez que busco dentro de mí, palabras para describirle, o elevarme lo suficiente para decirle cuánto le aprecio, recuerdo que aunque sueñe cada día con su forma y contenido, aún no le poseo. Recuerdo que todo lo que creo como verdad, es ilusión. Y todo lo que era fantasía no era más que realidad.

Ahora, aquí, yazgo entre cuatro paredes. Todas con mi mano han sido construidas, y a todas estoy esclavizado. A una le llamo «Egoísmo», a otra «Violencia», a otra «Pobreza» y a la ultima «Ceguera». Trato de olvidarles, de sepultarles… Trato de extinguirles, pero si en verdad lo llegase a hacer no podría más que morir ante mis propias convicciones. La verdad que busco, no es la que encuentro… Y si quisiese vivir en un mundo donde la verdad que busco esté presente, ese mundo estaría siempre esperándome. En sempiterna lucha estaría entonces mi existencia. Y aunque la perfección alcanzase, y aunque el respirar y el comer ya no fuesen necesidades, cada día me haría más ciego, más sordo, más mudo.

Pues cualquier cosa que yo osase decir, escuchar, o ver, no sería lo suficientemente grande, pura o hermosa, que aquella figura a la que sólo puedo dar nombre: «Libertad».

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