Ananké o el destino del alma…

¡Que bello es caminar por la noche! Todo se transforma, todo es misterioso.
¡Que bello es caminar por la oscuridad! Todo brilla con luz singular, dando una diferente verdad.
¡Que bello es ser parte de las sombras! Todo se ve en su lógica, todo conserva un enorme equilibrio.
¡Que bello es mirar al infinito! La luna siempre sobrecoge, y canta a los mártires…

Nuestros pies no seguían un rumbo fijo, nuestras voces se fundían. Una suave luna nos iluminaba con ternura, mientras nuestras sombras nos cubrían con su magnificencia. ¡Ah, todo era tan silencioso! Mi querida acompañante, sonreía, y sus pasos permanecían firmes… voluntariosos. ¡Ah, tenía ante mí a una reina! Me miraba de reojo, y yo no podía más que llenarme de vanidad. La realidad nunca se presenta, cuando se permanece en la soledad.

Ah, Oscar, ¿no te enamora esta oscuridad?

—Es interesante… Nunca me dejo de sorprender con ella.

Quedó pensativa, algo llenaba su ser de interminables preguntas. Le tomé del brazo, y la desvié hacia la otra calle, no lo hice con demasiada fuerza, no quería hacerle sentir presionada. Continuó a mi lado, y vi cómo me tomaba la mano y la pasaba por su hombro. Llevaba un vestido hermoso, todo magenta. Y su piel me llevó al cielo, le acaricié con dulzura, teniendo cuidado de hacerlo lentamente, mientras nuestros pies continuaban sin destino, sin límites. 

—¿Podrías decirme que piensas de la negrura que nos mantiene en su seno, querido Oscar?

Lo deseaba. ¡Ah, qué sensación de elevación sentía cada vez que me preguntaban algo! Yo era el sabio. Yo era el de todas las respuestas. Y aunque no a todos convenciese con mi verdad, siempre sonreía, pues, ¿cómo un dios podría negarse a sí mismo?

—¡Negrura es creación, negrura es pensamiento!

Quedó entonces mi querida, reflexionando sobre lo que había yo dicho. Y nuevamente, sin nada en mente  me encontré, así que decidí caminar por el parque. Seguí de largo, y su brazo se soltó solo, ligero, reflejo de una grave concentración. ¡Ah, adoraba apreciar de qué forma el halo de luz de Selene lo cubría todo! Me enamoraba de las formas que aparecían ante mí. Todas encorvadas.
Y mi querida, ¡ah, era tan inocente! ¡tan distraída! Me seguía como un parásito que desea vivir a toda costa.

—¿De ella entonces, hemos venido, querido Oscar?

—No, querida, la vida no fue pensada. Era demasiado compleja para verse afectada por las ideas. No, querida, la vida sólo es un accidente…

De nuevo se había retirado a otro plano. De nuevo me otorgaba su cuerpo. Todo para mis manos, delicadas, inmensas, siempre curiosas. Hallé un banco por casualidad, me senté con sólo un gesto, y le acerqué. Comencé a quitarle su vestido con delicadeza, mientras de mí boca no dejaban de salir pasiones corruptibles transformadas en palabras…

Oh, templo de la naturaleza, ven, y arrodíllate ante mí. Has de reconocer en mí a tu amo, has de verme como el comienzo y el fin de todo existir. Soy tu padre, soy tu todo. Déjame corromperte, templo, con mis ideas venenosas, con mis sentires incontrolables. Tu pureza quiero hacer mía. Entrégate, templo querido, tus montañas satisfacerán mi lujuria, tus cuevas servirán de hogar a mis descendientes… Tus aguas, me alejarán de toda putrefacción. Tu vida, me evitará la eterna predicción.

Mi querida no reaccionaba, estaba completamente atraída por las palabras, únicos seres que le mantenían mía. Seguía yo profesando. Seguía yo mi intromisión. Tocar, ¡oh, era algo realmente divino! Cada pedazo de su carne permanecía bajo mi autoridad, cada pedazo era endeble. Me levanté sin dejar de dar libertad a mis ideas endemoniadas. Todas ellas convirtiéndose en símbolo… Vislumbré en un momento de fiero egoísmo en el que miré a todos lados, un pequeño claro de grama virgen. Con mis ojos inyectados en sangre, y mis cabellos confundiéndose con la piel de mi abrigo, atraje a mi querida al lugar sagrado. Le recosté debajo de mí, ¡qué suave telar! ¡qué suave música! En un acto instintivo, dejé suelta a la bestia. ¡Oh, su anhelo relucía en suaves muestras blancas! Canté entonces, mi balada.

El falo de la verdad, la lanza de los dioses… —comencé melodiosamente.

—Ha de entrar en la caverna de la razón… —completó mi querida.

El vino… El cáliz. ¡Ah, nada podría comparársele! Sonidos provenían de nuestro interior. Todo es ruido. Todo es caos. ¡Ah, qué puede refutársele al desorden de la vida! Mi querida se arqueaba con un ritmo lento, vencedor. Y yo no podía más que ser su mago. El creador. El verdadero Dios. Un irresistible impulso me llevó a posar mis manos en su cuello. Comencé a apretar, el falo seguía unido al vino, y un líquido rosado caía lentamente manchando ambos cuerpos. Sus venas se marcaron. Y su cara se petrificó como la cera. Era una obra de arte viva. Y, de nuevo mis dudas surgieron; así que, con gran presteza, rocé mi rostro con el suyo hasta inclinarme hacia una de sus aurícolas.

Dime, querida Ananké, ¿qué es lo que ves?

Ah, amado mío, sólo hay tinieblas.

Una ira se apoderó de mí y seguí. Mis manos pálidas estaban ahora, y la vida se postraba ante su rey. Le solté, acariciando una vez más aquella carne, que en mis manos había recibido lo que siempre había esperado.

¡Anima fatum!

Con mis propias manos, hube de desfigurarle el rostro, dejando sólo un sello, el símbolo que siempre me había atraído. En su frente ahora estaba y, el aire se había puesto tan liviano, que me fue sencillo volver a recomponer la compostura, y salir del parque. Mi querida estaba allí. Mi querida habíame por fin aclarado, el mayor tema de mis meditaciones.

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