Symbŏlum oblivium

Puesto que en estos últimos días he recorrido muchos caminos para encontrarme a mí mismo, creo hallarme en un laberinto ya. Es realmente difícil encontrar lo que buscas sí tu voluntad todavía no se junta con tu querer. Así me observo cada día, y me río de mi propia estupidez. Me río de mi propio rostro. Es doloroso, pero sirve para olvidarlo todo… Me sirve, para ser libre. Pero el pensamiento nunca es amigo del sentimiento, siempre se elevan mutuamente, y, aún con todo, eso de nada sirve, pues no se aman. Amo y pienso, pero no puedo pensar en el amor, ni puedo amar todo lo que pienso. Hay una circunstancia que me llena desde tu partida, querido mío; un planteamiento que realmente no estoy dispuesto a aceptar. Amé la idea de tenerte en mis brazos, amé; y lo hice sin apoyo de la razón. Mi instinto nunca será poco si ha de guiarme hacia lo que tú representaste. Ahora que te fuiste, tu figura, y todo tu símbolo a arremolinan a mi alrededor. El pasado es sombra, es una vil serpiente que me quita la vitalidad. No podré jamás concebir la idea de que hayas sido un hombre. No podré hacerlo; tu grandeza poseía una sacralidad exquisita. Y si aún entre los vivos permanezco, sólo ha de ser para exaltar tu nombre, querido.

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Su muerte no había sido concebida.
Su muerte había sido llevada a cabo por salvajes.
Querían eliminar su nombre… pero no pudieron. Resplandeció, y dio su luz al mundo. Siempre sonreía, era su manera de decir que estaba orgulloso de lo que tenía ante sí,  fuese de cualquier forma. Sonreía y escuchaba. ¡Ah, que momentos pasaban aquellos que tenían curiosidad de hablar con él! Su rostro cambiaba rápidamente; tan grande sus palabras eran, que les dejaba anonadados, y les hacía verse a sí mismos como niños, tropezando y cayendo. Creciendo, fluyendo; siendo la vida. Y aunque de un sueño se tratase su existir, pereció en el instinto, y renació en el pensamiento…

Como mártir se vestía al amanecer, y como creador al asomarse la noche. Sólo andaba a pasos lentos; sus pies insensibles por su constante contacto con variedades de suelo, como el ébano eran, densos y negros. Su vista siempre se mostraba cansada; escrutaba de tal modo los elementos del ambiente en donde se movía, que parecían haber perdido el brillo que reside en aquellos de mentalidad agresiva, luchadora. Mostraba siempre su cuerpo, jamás con discreción, siempre con orgullo. No poseía propiedad alguna, exceptuando una vara de Salix babylonica. Vivía sólo de lo que la misma naturaleza le otorgaba. Y aunque era reconocido hombre de palabras, también lo era de acción. Me salvó a mí, un parásito sin propósito alguno, encargado sólo de  evitar que los demás crecieran. Me mantuvo en sus brazos, dándome su amor, y eso es algo a lo que la palabra, por muy extraordinaria que sea, no puede aspirar siquiera a retratar. Me dio su vida, me dio la esperanza.

 

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El joven sólo escribía. Sólo dejaba que la mente se escapara de sí misma para crear algo potente, algo vivo. Llevaba sentado lo que él percibía como «un instante eterno», el Sol le había dado su grandeza y la Luna ahora le cantaba, reconociendo en él, a un fiel amante. Sus manos tenían dentro de sí algo inmenso, algo infinito. Y aunque sus ojos rogaban por un descanso, el joven no podía detenerse. Las palabras, los símbolos, todo ese océano, eran para él una liberación. Se dejaba guiar por sus propias aguas, y aunque la carne no quedase satisfecha, lo que le mantenía en perpetuo contacto con la Eupsiquia se hallaba en el máximo extásis masoquista. De su pluma surgía un mundo nuevo, lleno de historias. Él era el todo. Era el Artista Supremo.

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De él nacieron todas las virtudes y todos los males. Era mi maestro, mi ídolo. Siempre hallaba como hacerme alegre, y yo no podía más que reverenciarle cada vez que podía, aún conociendo que despreciaba ese tipo de gratitudes. Moribundo sobre una piedra con sangre en mi rostro estaba yo, cuando me vió por vez primera. Había sido yo expulsado de la casa en donde servía, luego de haber sido apedreado; todo por haberme negado a servir de juguete para el hijo único de la familia.  Y él, al verme se arrodilló ante mí, y con sus manos llenas de agua, también negras como toda su piel, me ofreció ese regalo. Mis labios sintieron un terrible ardor al tener entre ellos tal fruto, que, a la larga, se calmó. Me mantuvo entonces en sus brazos, y me llevó. A su lado, nunca más hube de postrarme ante nadie por obligación, ni mucho menos hube de recibir órdenes. Era libre.

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El joven ya no escribía, y el viento entraba suavemente a la habitación; el fuego de la chimenea que le había dado calor e iluminación para trabajar, rugía. Tenía el  Artista en su cuello dos brazos que, con amor, bajaban para acariciarle su pecho, era su querido Adonis. Su querido, le amaba, por eso no podía vivir sin él. Su querido era la carne edificada con precisión, atendiendo hasta el más ínfimo detalle para relucir belleza. Y aunque le amaba, no servía más que para un ir y venir. No, el cuerpo debía constituir el pasado. El pensamiento debía de trascender todo músculo, toda vida. El pensamiento, debía ser el principio de acción y creación de todo ser.

—Querido, sé que mucho anhelas la unión. Pero aún debo permanecer ocioso… debo dejar que la mente fluya para que la respuesta absoluta llegue a mí. Debo sentarme y descansar.

—¡Es realmente curioso yacer junto a un Artista! Toda su expresión te envuelve hasta engullirte…

—Tu ves los símbolos tal y cómo los deseas en realidad, querido mío; por eso son tan seductores.

Dicho esto, el creador se entregó a las pasiones corruptibles. Se elevó hasta lo más alto y al distinguir allí sólo luz alegre estuvo.

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Con él permanecí. Su presencia era magna, misteriosa, reconfortante. Al verle me sentía yo pequeño, y todo su saber me sobrepasaba. Le escuchaba atentamente, con el fin de darle un poco de recorte a mi ignorancia… ¡Pero todo su hablar, todo su actuar era algo tan elevado! Todas las mañanas se despertaba con el Sol, y se levantaba con su vara para verle directamente. Duraba mucho tiempo fijo en la tierra, apreciando cada detalle del rey supremo. Y antes de siquiera notar que aún estaba con él, indefenso y torpe, se postraba ante la luz y susurraba palabras que, con el tiempo logré distinguir: LUX UNITA CLARIOR. Una seguridad que no estoy seguro de poder describir me llenaba cuando me otorgaba una de sus sonrisas… Y lo olvidaba todo cuando se dirigía a mí, con un nombre con el que me había bautizado: Fredo. Era tanta su paciencia, era tanta su voluntad, que podía presentarse cualquier obstáculo y él seguiría adelante. Caminando y pensando. Observando, construyendo. Hecho uno con la vida.

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Los labios se unían, tocándose de tal modo unos con otros, que reflejaban una inocencia infantil. Las manos, examinaban esa superficie suave, tensa y húmeda. Los ojos cerrados estaban queriendo representar el momento primigenio, en la completa oscuridad. Los torsos se movían permitiendo el contacto entre los dos agentes. Aquellos dos factores que se relacionaban para producir algo hermoso, impecable.

—Toda acción llevada a cabo por la pasión está totalmente justificada —comentó relajado el joven Adonis.

Y el Artista, al oír tales palabras, dirigió el falo hacia su destino y con un grito se arrecostó. Estaba dispuesto a descansar, había sido otro día bien aprovechado. El fuego siguió consumiéndose. Dando luz y calor… Las palabras no dejaban de mostrarse unas detrás de otras, por eso se incorporó y con el silencio digno de un felino, se sentó, y siguió la línea de sus pensamientos.

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En un pueblo entramos y fuimos testigos, de la actitud miserable de un campesino para con su esposa. Le pegaba frente a sus hijos, y ellos se cubrían el rostro avergonzados. Sangre caía por el rostro de la señora, y una exclamación muda le mantenía en estado de asfixia. El hombre clamaba a Dios, acusándola de pagana. Despreciándole… haciendo caso omiso a su sentir. Mis manos se cerraron en puños y una furia mental me produjo un incremento de mi fuerza, así en pleno dominio quedaron mis emociones. Necesitaba un equilibrio. Necesitaba justicia. Tomé entonces la vara de mi ídolo, y al levantarla para hacer sufrir al «marido ideal», sentí una de sus manos en mi pecho, escuchando luego su voz lenta y perdurable: SIC TRANSIT GLORIA MUNDI. Le entregué entonces su única posesión, y me marché aún enfadado. Necesitaba aclarar el modelo de comportamiento que me daba a ejemplo. Una vocecilla apareció entonces en mi interior, recomendándome el buscar yo mi propia ley; otra también habló, sugiriéndome la reflexión en la estabilidad; otra me aconsejó la huida, el aislamiento; otra me dijo que hablara directamente con él. Me di entonces cuenta de las separaciones de mi conciencia. Cada una independiente al resto. Cada una reclamando el control de mi cuerpo.

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El alba se vislumbraba en el horizonte y los primeros rayos pálidos tomaron por sorpresa al Artista. El amor a su obra le había cegado, ocultándole el hecho de que debía dirigirse al trabajo y que para ello el dormir un poco era un requisito único e irremplazable. Su Adonis se había levantado e ido al trabajo, dejándole un modesto desayuno. Mientras comía, pensaba en el argumento que utilizaría en defensa. Se vistió y, se llevó los lienzos a la biblioteca. Tenía ante sí algo más grande que él, su misión era describirlo para el resto. Una historia nunca antes le había robado su tiempo. Se encontraba en una situación precaria.

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Terminamos de atravesar al poblado sin inconvenientes, aunque yo no tratara de ocultar mi desagrado por su última acción.  Hasta ese día no había vuelto a recibir orden alguna, y la comida y el agua llegaban sin discontinuidad. Por fin reuní valor y hablé; me escuchó sin dejar de verme, nos habíamos detenido. Mi disgusto fue convertiéndose en ira por la manera en que sus ojos me miraban, parecían compadecerme. Tomé su vara como antes y, con gran demostración de voluntad la rompí por la mitad. No se inmutó. Ni siquiera parpadeó. El ardor que había sentido alguna vez volvió, afectando mis ojos, ya no podía ver. Mi ídolo me abrazó y trató de sostenerme pero ya no tenía fuerzas. Algo malo había sucedido… Sólo había luz. Un brillo irritante que impedía la llegada de la concentración a mí. Sus brazos seguían manteniéndome en pie, y me tarareó una melodía. Me revolví y caí al suelo. Una roca había abierto una herida en uno de mis pies. La recogí y se la clavé en su pecho; guiándome sólo con los sonidos y el viento. Su sinfonía fue cortada cruelmente, dejándome sólo un coro: AL MUNDO NO HAS DE ODIAR; EL AMOR ES SIEMPRE LO MÁS ELEVADO. Sonreí. Solo yacía ahora, ciego, y sin nadie que me ayudase. Con odio en mi corazón, con satisfacción en mi mente. Con una sonrisa en los labios, y heridas en ambos pies. Mis ojos eran ya blancos. Había visto la luz y en ella estaba la palabra “egoísmo”. La muerte había yo llamado con voz ansiosa, admirando su poder. Pero nada había creado en cambio. Había querido resplandecer con luz ajena. Yo, Fredo, había decidido no seguir. Y una marca había entonces dejado en la frente del que una vez provocó en mí miedo y sufrimiento. Del que una vez pudo estar encima de mí. Del que me amó, y al que yo sólo en la ilusión, logré concebir como un verdadero pensador. Alguien que buscaba un nuevo comienzo.

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—Sé muy bien que se aleja de los artículos que ya antes le he presentado, querido jefe.

—Sabe muy bien que no desprecio el talento, Frédéric mío. Y es realmente verdadero que vemos los símbolos como lo que son, medios hacia la revelación. La búsqueda de lo absoluto se realiza siempre a través de ellos; y, no veo mal el decir, que todos estamos condenados a enamorarnos del arte. Publica la historia, si así lo deseas.

Frédéric, había encontrado una razón para no sentirse avergonzado de nada. Hacía o pensaba en algo en cada instante… Era su deber el dar sus prosas enfermizas al mundo, para que surgiesen los realistas. Era su deber, pues su pasión y su razón necesitaban desarrollarse de tal manera que una nueva conciencia, si su existencia fuese posible, tomase una forma bella.

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Su muerte había sido llevada a cabo por salvajes… pero un mundo nuevo surgiría de todas las cenizas.

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