Continua renascentiae

Sus largas  y hermosas rosas posaban en una eterna caída sobre la que había sido su tez. Los que habían sido sus labios, ahora sólo eran montículos de pequeñas hojas que tenían la capacidad de dividirse para dejar un enorme vacío en su interior, y, permaneciendo así, dejar salir sonidos que imitaban lo que alguna vez habían sido sólo palabras. Y las que una vez fueron sus manos, ahora sólo eran ramas que se movían lentamente y con el único fin de no quedarse adheridas a su trono. Sentado yacía; esperando que la luz le diese su vida, y le otorgase esperanza. Ojos ya no poseía, y, si podía caminar aún sin verse afectado por su ceguera,  era simplemente porque estaba unido a algo más grande que él. Su lazo era tan fuerte, tan extenso en poder, que ya nada podía representar obstáculo alguno. Y aunque mudo y ciego estuviese, lo que fue su oído habíase convertido en un instrumento de gran eficacia, de gran sensibilidad. Su corazón se había detenido, pues ¿de qué le serviría una cosa que sólo podría recordarle su antigua fragilidad?

¡Grande soy, en las alturas por eso estoy! ¡Inmensa mi figura, es siempre una hermosura! ¡Del verde he renacido, como fiel convertido! ¡En el verdor he de morir, si quiero sonreír! ¡Porque, aunque solo estaré hoy y siempre, nada ha de impedir, el continuo surgir!  ¡Luchar, en la vida, es sólo cuestión de perspectiva; muchos sólo se dejan llevar y descansan eternamente!…

Su mente toda, permanecía ociosa, y si ya no escribía o cantaba con voz pasional, era porque todo el poderío que era ahora suyo, era demasiado racional. Ya no corría detrás de las mariposas ni danzaba alrededor de un árbol que le ofrecía su sombra. Ya no se acercaba al mar para sentir el aire renovado, ni la arena siempre palpitante. Ya no recorría lentamente un bosque, precavido; todo el mundo era parte de él.

¡Ah, aquellos días en los que mis pies no tenían ramas ni hojas!
¡Ah, aquellos meses en los que el viento esfumaba mi congoja!
¡Ah, qué brillo tiene el pasado!
¡Ah, siempre es cuestión de por él verse atrapado!

Todo era ya para él un gran absurdo. Sí no moría, era sólo porque Helios siempre le miraba. Athenea le había bendecido, y Gea pasaba con él todo su tiempo, que era eterno. Rodeado estaba de dioses, de ideales. Había hallado toda respuesta, había hallado armonía, había encontrado en Hades a un amigo que le esperaba gustoso; y en Hipnos vio a un fiel amante. Sin embargo, nada le satisfacía ya. Ni amor ni amistad era lo que él necesitaba; lo que a su existencia faltaba, era la naturaleza sencilla de su antiguo vivir. Antes podía dudar de sus saberes o reafirmar su ignorancia… pero todo eso era ya un recuerdo, una imagen que sólo le debilitaba, aún cuando tratase de olvidarle.

¡Grande soy, y me mantengo insatisfecho!
¡Grande soy, y del polvo fui hecho!
¡Grande soy, y ni mi saber me seduce!
¡Grande soy, y no puedo evitar recorrer este viacrucis!
¡Grande soy, y he sido olvidado!
¡Esto es verse traicionado!
¡Si en mí hubo gracia e inocencia!
¡Soy el eslabón perdido de toda mi ascendencia!
¡Soy el escalón aturdido, que vela por la trascendencia,
no del fuerte y atormentado,
sino del débil y enamorado!

Hipnos se sentaba al lado suyo, para intentar comprender su sentir. Athenea siempre le daba consejos profundos que comprendía pero que no quería acatar. Gea le ofrecía sus frutos, y le decía que el existir era ya un presente. Hades, salía de su caverna a verle, y sólo se comunicaban por la mirada siempre vacía. Helios le mandaba su Luz, con el fin de reanimarle. Todo era inútil; aunque amor y amistad, aparte de vida y arte recibiese a diario, ya sólo se encontraba en un ciclo. Despertar, recibir la Luz, escuchar, hablar, caminar un poco, y luego, descansar el cuerpo. La rutina le dominaba. Su «vivir para trabajar» habíase transformado a «vivir por y para reconocer el error».

¡Hipnos, aunque tu amor me des,
en mí no se podrá engrandecer;
pues no es lo mismo amar, 
que por la miseria verse enamorar!
¡Hades, silencio mío, no puedo comprenderte,
por eso a mí no has de reconocerme!
¡Gea, madre mía, no puedo demostrar gratitud a tu inmolar,
por eso a mí no me has de perdonar!
¡Helios, padre mío, no puedo sentir tu belleza en estas capas envueltas de flor,
que crecen y mueren, bajo un maravilloso resplandor multicolor!

Hipnos que le amaba, siempre la hablaba con voz suave:

—Querido, si en realidad deseas regresar a tú anterior andar, sólo pídelo, que yo discutiré con los demás, la posibilidad de su realizar…

—No es cuestión de querer; es de deber…
No es cuestión de olvidar; es de razonar…
No es cuestión de vivir en la soledad; es de vivir en la verdad…
No es cuestión de aceptar algo que no hube pedido; es de buscar con ánimo siempre creciente, solución a lo sucedido.

Athenea que le respetaba, siempre le hablaba con voz grave:

—Querido, si en realidad deseas regresar al pasado lleno de falsedad, eso es señal de debilidad…

—No es la debilidad mi verdad; es el sentirlo todo, aún sin ser una autoridad…
No es la falsedad mi verdad; es el hacerlo todo, con máxima teatralidad…
No es la sabiduría mi verdad; es distinguir lo humano de lo divino, forjando así, una desarrollada personalidad.

Gea que a su madre representaba, siempre le hablaba con voz tierna:

—Querido, si en realidad deseas regresar a tu vida anterior, que relució oro en su interior, libre eres de volver o seguir, nadie sobre ti puede tu viaje impedir…

—Amada madre, que la fe en mí has postrado,
déjame darte mi existencia toda con virtud,
para siempre a ti estar atado,
y, sin ningún rencor, permanecer por ti en la esclavitud.

Cierto es, que toda palabra es más profunda de lo que superficialmente se permita uno ver y por eso él valoraba todas las opiniones; su dolor podía ser arduo de soportar, pero su humor era siempre abierto, si se trataba de conversar. Día y noche pasaban sin mayor incidencia, cuando uno de sus frutos se dedicó a madurar. Era una manzana escarlata, de proporciones sencillas; dos hojas relucían de su pequeño tallo, mientras pequeños gusanos, le recorrían curiosos. Sus necesidades se veían lentamente complacidas, por el siempre risueño Tláloc, y por el siempre cariñoso Helios. Su querido padre, el homo sapiens plantae, se dedicaba a sentarse frente al horizonte, no para admirar la belleza que existía a su alrededor, sino para verse atrapado por el sueño desgarrador.

Imaginaba que volvía a tener la piel de una claridad u oscuridad exquisitas; que su cabello no se conformaba por rosas sino por filos hilos, que simulaban cascadas; que de sus manos se formaba un arte cada vez más perfecto; que sus ojos regresaban y le permitían reconocer cada una de las cosas, con todas sus formas y esencias; que su voz regresaba y que no era necesaria ya la tēlepátheia; que sus piernas volvían a tener una fluidez magnánima, permitiéndole el correr, el saltar, el bailar; que su mente volvía a poseer una posición escéptica ante todo; que sus labios se unían a otros para abrir caminos, corazones; que el aire entraba en su cuerpo y le mantenía vivo; que la comida era de nuevo imprescindible; que todo había regresado a su orden primigenio.

¡Ah, es realmente horroroso el vivir de la fantasía! 
¡A ella siempre acudimos con total pleitesía!
¡Ah, cuán sincera puede ser la realidad!
¡A ella le ignoramos por su continua beldad!
¡Quisiera yo volver! mas, ¿por qué no seguir?
¡Todo desafío es una forma extraña de recordar lo que soy, un tuerto!
¡He bajado escalones; pero no estoy muerto!

La manzana seguía su crecimiento, y, justo en el momento preciso, se soltó. El estruendo alejó de sus reflexiones al homo sapiens plantae, haciendo que dirigiera su concentración toda al pequeño fruto. Le dejó en el suelo, y esperó. Estaba atento a cualquier aparición de un animal hambriento, pero ninguno hubo de presentarse. Así, tomó a la que había sido su hija, y le transmitió su pensamiento:

—Eres ejemplar, pequeña. Estás allí, y no te preocupas sobre el por qué de tu existir. Estás allí, y esperas tranquila, siendo sólo tu misión dar vida, o, en todo caso, mantenerla. Estás allí, sin moverte, sin respirar, recibiendo la luz de Helios con amor, y rindiendo alabanzas silenciosas a Gea por haberte dado la oportunidad de tener tu puesto dentro de su seno. Estás allí, y no cuestionas tu naturaleza, la aceptas con orgullo. Estás allí, y permites que cualquiera se sienta humilde por tu belleza, o aterrado por tus defectos. Estás allí, sin pedir nada a cambio… sin quejarte. Dime, pequeña mía, ¿de qué se compone la felicidad de la que haces renombre?

—Sólo sé que estoy aquí, y eso ya es para mí un milagro. Sólo sé que me alegro de tener mi lugar en este mundo. Sólo sé que, aunque nada sepa acerca de mí misma ni de los otros, no es necesario comprender lo que se ama. Sólo me dejo llevar por la creencia de que todo tiene un orden, y que formo parte de él… Por eso no me quejo. Por eso no me preocupa el existir. Si soy, si formo parte, entonces no he de dudar de nada.

Tan pequeño espécimen había dado qué pensar al híbrido entre hombre y planta. Diciéndole este lo siguiente:

—Agradezco tu sinceridad, pequeña; ya es hora de que yo, me dé cuenta de muchas cosas.

La posó de nuevo al suelo, y, llamando a sus amigos los árboles, les anunció la buena nueva: desde ese momento, aceptaría que era producto de la evolución. Que el constante cambio de la vida le había otorgado un obsequio, el de poder tener dentro de sí, la naturaleza pensante y sencilla, de dos géneros que antes habían estado divididos… y, que en él, hallaban la armonía con el todo.

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