Nihil rosa…

Solo se hallaba el joven; entre tinieblas y luces, su conciencia se extasiaba. Su sonrisa seductora, no dejaba de mostrarse; en su mente se representaban las mejores commedie all’improviso, todas ellas llenas de bufones, y gentes que dramatizaban una historia sin sentido. Las luces le maravillaban moviéndose de un lado a otro, mientras que las tinieblas le mantenían fuera de sí. Era mágico. Era la vida.

Testigo de toda aquella danza, la rosa phyllis bide, le observaba con delicadeza. No podía evitarlo. Su existir era en gran parte, pura fascinación… adoraba a aquél que nunca podría verle como una moza. Lo hacía, y no guardaba rencor; la fantasía era sólo un medio para ascender… y toda su poesía le mantenía entretenida.

¡El dios al que amaré, es un ser solitario,
no evita el ser agrio;
El dios al que perdonaré, es un ser extraordinario,
su sentir es binario;
El dios al que condenaré, es siempre sabio,
palabras ciertas salen de sus labios;
El dios al que mantendré, es motivo y efecto;
su existir no admite defectos!

Enamorada estaba de un ser que sólo hallaba placer en la destrucción; de un algo que había olvidado su propósito, y dañaba por el sufrimiento que eso le causaba; de alguien siempre salvaje, instintivo. Enamorada yacía, y sus pétalos no dejaban de mirar hacia el paisaje que se reflejaba del exterior… allí, recios árboles crecían; astutas aves volaban; temerosas ardillas buscaban alimento; todo permanecía en su equilibrio. El fuego detrás de lo que sentía le había hecho ciega; la tierra que debía servirle, estaba seca; el agua que una vez hubo probado, sólo recorría su recuerdo; el Sol, padre comprensivo, se hubo esfumado sin siquiera despedirse. Luchaba, porque morir en el campo era cobarde, y hacerlo junto a su amado, era la salvación absoluta.

Su Excelencia, mi dios, se mantiene alejado. 
¡Cuán cruel es su belleza,
es ya toda una proeza!
Su Excelencia, mi dios, me ha olvidado.
¡Cuán vil es su gritar,
es ya todo su actuar!
Su Excelencia, mi dios, me ha despreciado.
¡Cuán triste es su mirar,
cuando se apoya en el alféizar!

¡El mundo le ha rechazado, 
llamándole ignominioso, sublevado!
¡El mundo con perversidad le ha retratado,
llamándole maquiavélico, desvirtuado!

¡Y aunque todo lo que en él vea,
no sea más que ilusión,
he de arrodillarme ante Gea,
por brindarme tal perfección!

Sus piernas se movían sin parar, la ansiedad las invadía… Una energía le recorría todo el cuerpo; el joven, en su elevación, no dejaba de inhalar aquella niebla que inundaba la habitación… ¡De eso se trataba la vida; de reconocerla, de sentirla! ¡El dolor siempre permitía la entrada al conocimiento! ¡De él provenía toda existencia; por eso era tan fundamental no olvidarle! Nubes de colores diversos hacían que los ojos del «glorificado» brillasen de una manera apasionada, llena de sentimientos puros, aquellos que entregan el cuerpo y olvidan a la mente. Estaba en su mundo de Luz; y era un hombre de fortuna y gusto.

¡Oh, cuando ninguna verdad puede darte consuelo,
es mejor aferrarse al anzuelo
del olvido,
pues no habrá mejor nido,
para quien del cielo ha caído!

¡Oh, cuando la vida asume la derrota,
todo parece fantasía,

nada posee mayor cota,
que dejarse ir con alegría!

La rosa siempre fiel, admiraba aquella figura que le dominaba. Su amor no era práctico, ni pretendía serlo. Tanto era el poder del que podía hacer gala el joven, que, muchas veces, se le acercaba y, con su melodiosa voz, le mantenía a sus pies:

—Querida mía, sé muy bien que me amas. Sé, que tu vida es frágil, pero eso a mí no me ha de importar. Querida mía, duérmete; déjate atravesar por las lanzas del paraíso; ellas te darán paz. Ellas, te librarán de mí. Querida mía, debéis escuchar aquellas voces distraídas, y aunque no podáis comprender su mensaje, sonríe como si lo hicieras… Ah, mi querida, mueve tus ramas y tus hojas, ellas también merecen moverse. Y aunque el dolor desgarre todo en ti en ese mundo al que te invito, no olvides que la Luz te tendrá en su seno. No abandones todo querer por el miedo; sólo merece vivir, el que está dispuesto a hacerlo todo.

Su tallo que una vez había sido fuerte, siempre verde; vestía de negro. Sus hojas que una vez habían recibido con tierna apertura el tenue rocío, aisladas y superpuestas unas sobre otras, relucían su terrible agonía. Los pétalos que alguna vez habían sido blancos, amarillos se veían. Toda la vida que había estado allí, en ese pequeño espécimen, había huido de aquél jardín de los suplicios.

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Mi pequeña rosa, que adorarme ya no puede, está ahora en mi pasado. Allí le mantengo, pues aún recuerdo como parecía buscarme al yo cantar, al yo bailar en ese mundo de placeres. Las tinieblas allí no eran más que sólo sombras de un retrato en eterno movimiento. Las luces, me susurraban todas sus creencias; los pájaros se arrodillaban ante mí, y luego se recostaban para darme en su virtud, la sangre de todos sus errores. En mí hallaban la rendición. En mí veían al ser que tenía derecho a decidir sobre todo, en mí reconocían a un Rey, pues ése era mi mundo. Las damas, con sus vestidos siempre largos y resplandecientes, hacían uso de su voz para tratar de seducirme… Yo caminaba sonriente al oírles; se postraban ante mí, y yo no hacía más que otorgarles suciedad, que era lo único que anhelaban. ¨Del polvo fueron hechas, así que sólo eso recibirán¨, les decía yo. No podían reconocer más que oro y plata, aún cuando sólo tuviesen barro entre las manos. Y mi rosa, siempre esperaba, y eso nunca me intrigaba. Su pasión era irracional; por eso de ella me aprovechaba. Le envenenaba con mis palabras, y lo hacía con gran método; pues nada sirve si no es pensado. Se sacrificaba por quien nada le daba, creyendo en un amor universal. Cuán falso era su existir… se olvidaba a sí misma. Al hacerlo, depositaba sus esperanzas en mí, que del egoísmo he nacido. Le hablaba, para confundirle, para debilitarle. Le contaba cuánto adoraba mi mundo, y cuánto despreciaba aquél al que ella pertenecía; yo no deseaba la carne. Yo sólo apetecía el sueño… Aquél en el que yo era el juez de todo. Aquél en el que todos me obedecían. La realidad que ella representaba, era aquella en la que yo era un ser finito, sencillo, imperfecto. Y, que, a pesar de ser igual a mí, ella permitía la vida. La pesadilla que me levantaba a cada amanecer, era verle allí en la mesa, observándome, sonriendo por saber que yo era dependiente. No podía tolerar su poder, no podía asimilar su verdad…

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