Corvus corax…

Vengan a mí, queridas. Envuélvanme en su manto de negrura, necesito de las sombras. Tómenme y no me suelten, necesito de su horror. Vuelen cerca de mi, necesito que los vientos de sus alas magnas me asfixien. Déjenle a otro la luz, que yo deseo sangre; traedme al más puro de entre todos, que disfrutaré de desgarrarle con mis manos. Déjenle a otro la salvación, yo anhelo la destrucción.

Vengan a mí, guardianes mías; la muerte que les acompaña me hace sentir la vida. Vengan, extraigan con furia mi corazón, y sáciense con mis ojos. Tortúrenme, quiero estar consciente de cada gota que, de mi propia vacuidad, nazca. Bailen un vals cuando terminen conmigo; coman de cada carne, pues toda carne existe para su preservación. Muéstrenme el odio que en su potente mirada permanece, yo no quiero luz alguna, sólo sangre.

Vengan a mí, ángeles mías; háganme flotar en mares hediondos, donde manos putrefactas toquen mi divino rostro. Háganme rey en un mundo de muerte, y nunca dejen de moverse y de roer la vida. Asesínense unas a otras, quiero alimentarme de todo guerrero. No le busquen sentido a mis palabras, todo es un caos. Todo es una broma asesina.

Vengan a mí, queridas; quiero que sus cenizas se dispersen. Levántense, y oculten todo rastro del gran astro. La luna me bendice, queridas; brilla en una noche eterna sólo para mí. Se ha vuelto roja en homenaje a mi lucha. Toda muerte es necesaria, recuérdenlo. Quiero oír sus estridentes gritos de lujuria, multipliquen su especie cual plaga. Déjenle a otro la vida, que yo quiero el dolor. Cual cerdos, tomen cada perla y hunda la en su propia vergüenza. No anhelen nada más allá de lo que ya tienen, nada hay más que vida y muerte. En un momento respiramos y en el otro sólo somos un polvo del montón. Somos hierba que perece.

Vengan a mí, perlas mías; quiero que sueñen, quiero que en la razón que siempre produce monstruos, teman. Quiero reírme de todo su miedo, de todo su dolor. Vengan a mí, para que pueda darles una muerte lenta, la única que merece realizarse. La sangre de sus pecados alimentará mi virtud; bailen, vuelen, intenten escapar. Mi risa les dejará ciegas, y sordas. Sus aullidos serán sólo la apertura. La obertura de mi sinfonía retumbará en sus cuerpos inmóviles, todo el suelo temblará ante la melodía de mi locura.

Soy un hombre de fortuna y gusto.

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