El antiguo rey… [un escrito para Hugo y para Terence]

Sobre su trono estaba, y las lágrimas que recorrían su rostro sólo le recordaban cuán grande es la piedad, cuán grande la miseria. Al lado suyo, su fiel criado, estaba postrado en el suelo, llorando por la suerte acaecida a su amo. Con la poca fuerza que aún le quedaba se levantó, dejó la corona en el trono, y dijo:

No existe ningún juicio como el de los hombres; para nosotros no existe ninguna cualidad llamada razón; pensamos en base a lo que sentimos, y sentimos en base a nuestro instinto. Así, reconozco que el instinto os ha llevado a estas alturas; y, como yo no soy diferente de vosotros, me retiraré a sentir en lo más profundo lo que hoy habéis hecho.

Caminó sin ver a nadie, y su criado le siguió. En su tez las lágrimas de la piedad y la miseria se habían secado, y, al llegar al final del pasillo, pudo oír la hipocresía que renacía en cada voz:

¡Viva el nuevo rey! ¡Muera el antiguo; el corrupto, el desalmado! ¡Viva el rey que nos ha dado un nuevo camino! ¡Que viva, y que en su felicidad, nos haga felices a nosotros!

En los pasillos, siempre con la mirada al suelo, reflexionó sobre lo que había hecho: cuando ascendió al trono, elevado por aquella muchedumbre que hoy le abucheaba, lo primero que hizo fue declarar un día de igualitarismo. Todas las clases eran inútiles ese día; todo el pueblo comía en el Palacio Real; y todos sonreían, todos proclamaban la bondad y humanidad de su rey. Luego, mandó a desviar al río que caía solamente en un pozo del Palacio, y se construyeron canales cerca de las carreteras principales; ya nadie debía suplicar frente a un consejero del rey el acceso a agua dulce y pura porque esta fluía constantemente al lado de la mayoría de las casas. Y cuando, en uno de sus habituales paseos, notó a lo lejos a dos niños que jugaban a ser caballeros con sólo ramas escuálidas; permitió la entrada a la Caballería Real a todo aquel que en verdad quisiese ser leal a Su Excelencia.

De vez en cuando, le llegaron mensajeros de otros países, que transmitían las dudas de sus respectivas Majestades:

«¿Es en verdad la virtud que en ti reluce un lucero que nuestro Rey de reyes te ha proporcionado? ¿O es acaso una virtud sin conocer, aquella a la que tanto te afanas? Responde como si de una sierva se tratase, pues tus acciones sobrepasan a las mías en sublimidad, en belleza…».

El respondía lo mismo con palabras distintas; unas veces decía:

No es mi voluntad la que mueve mis pensamientos, ni mis sentires; entregado estoy a esa luz que me dice a cada momento que el hombre, en el fondo, es virtuoso.

Lo que pienso nace de mi sentir; y mi sentir proclama que hay aún algo de bueno en mí, en aquel al que miro a los ojos, y en aquel que sólo conozco de palabra o de ilusión. Es en verdad el amor una ilusión, una obsesión que hace del hombre algo más de lo que es.

Sin importar como lo hubiese dicho, había sido auténtico en cada palabra. Pero ahora ya no más; toda virtud le había sido vetada, cuando, en su querer, su pueblo le había dejado de exaltar. Caminaba aún por los pasillos, y se tropezó con una pequeña llave de oro que tenía inscrita una frase:

Alea iacta est

Se preguntó por qué tal frase estaría en esa pequeña llave; y, de sus cavilaciones, unos gritos le sacaron. Un temblor comenzó bajo sus pies; y el eco de la Orquesta Sinfónica Real que había comenzado sus ensayos con El danubio azul de Johann Strauss II, le conmovió mientras parecía bailar al son de melodías que le elevaban por el aire; no miró hacia atrás mientras por los pasillos buscaba la salida. Una inmensa oscuridad le siguió detrás, los violines aumentaban su sonido, y el antiguo rey, con la llave en mano, no sabía qué pensar. Llegó entonces a las puertas doradas del que había sido su palacio, y no las pudo abrir. Al girarse rápidamente, notó a un herido que tenía puesta la que había sido su corona. Se arrodilló ante él:

—¿Vos sois mi sucesor? Pálido te veo, ¿acaso la sangre que sonrosaba tu tez en los discursos que dabas cada mañana desde hace 7 años te ha abandonado? También te he hallado solo, ¿dónde está el pueblo que, una vez se cansó de mí, a ti te hubo escogido? ¿Los habéis abandonado en el salón de las máscaras?

—El rey siempre ha de permanecer vivo… he tenido que dejarlos.

—¿Y cómo podrías —preguntó el antiguo rey, curioso— ser un rey sin tener un pueblo que gobernar?

—Sólo se necesita poseer una corona, querido.

Mientras hablaba, el antiguo rey habíase olvidado de la llave que antes había mantenido en su mano; ésta, en el suelo, comenzó a brillar. El antiguo rey, giróse para recogerla, pero no pudo tocarla más de un segundo, estaba ardiendo. Su sucesor comenzó a reírse; desesperado, el antiguo rey se dirigió a la que había sido su alcoba, y, junto a la ventana, por donde pensaba salir, había una cesta llena de rosas rojas. Miró entonces al techo; y cerró los ojos. Los violines no se habían detenido; porque la orquesta no practicaba dentro del Palacio Real, sino en un castillo adjunto. Comenzó a bailar al son del vals; las paredes se resquebrajaron y, sus pies, que no dejaron de danzar, sonrosados permanecieron.

Hallábase en un desierto completamente desnudo, junto a un manzano que le daba sombra; una manzana, sólo una, crecía radiante en una de sus ramas. Quiso cogerla, pero la rama aumentaba en su altura cada vez que estiraba su brazo.

— ¿También merezco la incomprensión, el desprecio, en la vida después de la vida?

Dos vientos mezclaron la arena de manera repentina, y, de ella, surgió un pequeño señor de poca altura, de mirada cansada, que usaba lentes completamente circulares. Su voz era profundamente grave, y también agotada:

—Necesito saber tu nombre… Tantos llegan a mí, que no puedo recordarlos a todos.

—Soy Hugo Oguh; antiguo rey de Pueblo, un pequeño país inmerso al borde del mundo.

—Ni yo lo hubiese dicho mejor; pero no te quedes allí querido, debemos caminar, sin parar, sin suspirar.

— ¿Hasta dónde?

—Hasta el fin del desierto.

***

El sol sobre todas las cosas seguía mirándole fijamente, ni triste ni alegre por tener que observarlo todo en todo momento. El señor a su lado, que finalmente se había presentado como Sans Dieu, no parecía importarle el dolor que sintiese.

—Sólo a través del sufrimiento conocemos; porque el dolor es la medida de la realidad.

Hugo Oguh, aún desnudo, se había entregado al azar que era ahora su existencia, y a veces tomaba la arena con delicadeza; una arena que en su mente era el agua más pura. Un escarabajo pasaba cada día bajo sus pies, y le picaba; ahogaba sus gritos, y cogía los restos del insecto. Tragaba, y su garganta seca, cada vez le costaba más pasar todo lo que Hugo, en su miseria, podía darle.

Un águila les acompañaba y, de vez en cuando, descendía para posarse en el hombro de Sans Dieu. Él le veía, y no lloraba ni sonreía, sólo le miraba, como si se tratase de un extraño animal al que había que catalogar y estudiar. El horizonte se presentaba siempre de la misma manera, un azul cristalino sobre la amarilla arena.

***

—Despierta, Hugo. Es el séptimo día, y son las siete horas; es tiempo de la primera prueba.

Habiéndole dicho esto, le ofreció su mano, para poder levantarse; Hugo se levantó y miró al sol. Sans Dieu le miró, y, de su abrigo, sacó un vaso de agua.

—Bebe —le dijo.

El agua se deslizó lentamente, pero no tocó sus labios.

—Bebe, Hugo.

El agua no entraba en su boca; y sus manos intentaban sacarla, pero las gotas del líquido milagroso se secaban. Soltó el vaso que cayó en la arena; el agua fluyó y del terreno árido nació una orquídea. Hugo no podía entender lo que había pasado.

—Dices haber sido rey; pero ¿cómo un rey puede anteponer sus necesidades a las de la mayoría? En esta arena que seca permanece, se hallan miles de semillas esperando una gota de agua de la cual aferrarse a la vida… Y, en tu necesidad, ¿quisiste negarle la posibilidad de existir a una planta?

Antes de responder; Hugo cayó dormido.

***

Despertó, y una selva lo rodeaba.

—Estamos en el octavo día, a las ocho horas. Es tiempo de la segunda prueba. Escoge dos árboles, Hugo; sólo dos.

Señaló un roble, y un sauce. Una fuerza imparable les carcomió, y se cayeron.

—Dices haber sido rey; pero ¿puede un rey elegir quién muere y quién vive? ¿Quién le da ese derecho? ¿Es acaso dueño de las almas del pueblo que le sigue? Un árbol no se mueve, se queda allí, y no espera nada. Se contenta con sustentar la vida; y sin embargo, habéis eliminado dos. ¿Qué sientes por haber asesinado dos posibilidades más de que naciese un ser en un ambiente limpio? La vida y la muerte son necesarias; pero nadie, ni vivo ni muerto, decide sobre ellas.

Hugo se mantuvo en silencio, y cayó dormido.

***

Una dulce lengua pasó por su rostro; abrió sus ojos y vió siete mujeres. Todas le miraban con deseo.

—¡Un rey! Qué suerte; estábamos tan solas.

—Pero, ¿uno sólo? ¿Por qué ha de presentarse el placer siempre en pedazos pequeños?

Hugo ya no tenía voz; todo lo que hacía era pensar cómo se había equivocado ante las pruebas de Sans Dieu. Las mujeres le distraían, susurraban perversidades. Bailaban y cantaban con gracia. Una le tocó la frente, y todos sus pensamientos se esfumaron:

—Ya le tengo.

Otra de ellas se acercó con una olla llena de oro líquido y lo vertió sobre su cuerpo. Comenzaron a reír, por primera vez, Hugo fue feliz.

***

—Cediste a la carne y a la avaricia; ¿cómo puedes haberte creído rey? ¿Rey de qué; de lo altamente erótico, quizás? ¿O acaso eres rey de la ambición cegadora? Decides sobre la vida y la muerte, y sobre distraerte antes de preocuparte de los demás… ¿Cómo pudieron seguirte las personas de Pueblo?

—Me siguieron, querido Sans Dieu, porque no se preocupan de gobernarse a sí mismos. Un sabio lo dijo una vez: Pienso que todos estamos ciegos; somos ciegos que pueden ver, pero que no miran. En verdad es algo de lo más sencillo; cada persona de Pueblo elige a quien cree que es virtuoso; pero no saben que al elegir se juegan la tranquilidad de sus vidas. No; no pueden elegir a ningún hombre, porque ninguno es totalmente virtuoso; pero siempre han pensado que existe un camino correcto. Ellos eligen, votan entre ellos, pero ¿eso cambia algo realmente? La naturaleza es infalible, todo está destinado a perecer; por eso, la decadencia es inevitable. Aunque eligiesen al mejor de los hombres, él no podría retrasar lo que siempre está allí.

Sans Dieu le miró con lágrimas en los ojos:

—Parece que sí has aprendido algo, o, lo que es lo mismo, puede ser que ya lo supieras y no quisieras darte cuenta. Es cierto, el hombre no es totalmente virtuoso, pero lo es de manera suficiente como para pensar por sí mismo, y, sin ley, mantener un orden. Ya que has llegado a una conclusión tan satisfactoria, te daré una nueva oportunidad; comenzarás de nuevo, conociendo solamente lo que sabes ahora, pero no serás rey; serás un ciudadano de Pueblo.

***

Una luz brillante le dejó momentáneamente ciego; lloró porque no podía ver y escuchó una voz suave, dulce, que le decía:

—Mi querido, no llores. Acabas de ver la luz del sol, el padre que nos acompaña cada nuevo día. Mi querido, no llores; estoy aquí, y no dejaré que nada malo te suceda. Eres mi presente, eres mi todo desde ahora.

El que había sido rey, sonrió. Y en su sonrisa, todo saber se borró. En la inocencia descansó; en la inocencia que es pureza, que es esperanza. Su madre, le tuvo en brazos, y le besó mientras le cantaba. A cada día una esperanza; la decadencia es inevitable, pero, ¿quién no puede sonrojarse con la llegada de tantas estrellas? Sans Dieu, que lo había visto todo, se dijo a sí mismo:

—El continuo retorno, al igual que la decadencia, es una ley.

*******

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