El mito de Sísifo [una reseña]

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Camus, que ya conocía por «El extranjero», me tomó desprevenido un día que, aún con lecturas pendientes, me hallaba sin nada que hacer, e incluso la obsesión que me hace entrar el Facebook por horas, estaba extrañamente calmada. Tomé el Kindle entre las manos, y, sin buscar un autor específico, bajé dos páginas en la lista de libros [que mantiene organizados los libros por autor]; «El mito de Sísifo»… «Otra vez tú, querido Camus, el que no ha cambiado mi vida» [este pensamiento surgió debido a que, mi primera lectura de este autor había sido recomendada por un amigo que había dicho: «Si no cambia tu vida, entonces no tengas esperanzas de nada»]; debajo de «El extranjero» y encima de «La peste». Lo abrí, y comencé a leer…

El primer planteamiento me es extremadamente interesante porque introduce al suicidio como un tema ignorado de manera injusta por la filosofía. No solamente la presunta originalidad de esta idea me lleva a introducirme de lleno en el libro, sino el recuerdo de una tercera tentativa de suicidio, de hacía unos días atrás. Plantea entonces, en esos primeros pasos, una definición del «absurdo» y hace una pequeña crítica a la ciencia en una parte con la que me hallé completamente agradecido, porque, aparte de mi sentido de inutilidad cuando no debato una idea preestablecida, yacía en mí una antigua lucha que aún mantengo aunque de manera más sutil con un licenciado en metodología de la investigación que, no deja de presumir, en cualquiera de sus actos y palabras, su conocimiento [y también su ignorancia].

Prosigo y comienza Camus a citar unos ejemplos de filósofos. Todos de alguna manera proponen ideas que, en parte de su esencia, son epistemológicas. Sin embargo, luego se detiene en dos autores específicos haciendo referencia a que cada uno, ante la consciencia de lo «absurdo», resolvió la cuestión de diferente manera; uno, entregándose a su Dios, y el otro, planteando que nada era determinante. Sigo, y me detengo con brillo en los ojos en la parte en la que se exalta el vivir de los actores/actrices y la existencia del teatro mismo como una de las representaciones más genuinas de lo «absurdo». Prosigo, y, llega al fin, en su tercera parte, el esperado «Mito de Sísifo». Me conmueve la historia de un condenado por los dioses que, como castigo, ha de subir una roca hasta la cima de una montaña, dejar que caiga, descender, y luego volver a subir; todo de manera sempiterna.

Recuerdo entonces el capítulo entero que se dedicó a profundizar en la personalidad de varios personajes de Dostoiévski, uno de mis escritores preferidos. Sonrío con tristeza, porque sé que sólo se puede conocer realmente a través del dolor; pienso en cuánta humanidad había de tener mi querido ruso como para demostrar tan profundo conocimiento y tan excelsa manera de describir los mayores problemas «existenciales» del hombre. El personaje que parece interesar más a Camus, es uno de la novela «Los poseídos», que se suicida no por tristeza, sino porque, a través de este acto, tomaba en sí mismo un poder atribuido a distintas deidades, y, se convertía así, en un dios.

Si con «El extranjero», como mi amigo luego me quiso dar a entender, «Camus pretendía establecer que sí era práctica la existencia de un hombre plenamente consciente del absurdo», en «El mito de Sísifo», establece la teoría esencial de su existencialismo. Esta palabra, «absurdo», me recuerda siempre el chiste de «La broma asesina» (Moore, 1988):

«Había una vez dos tipos en un manicomio y una noche deciden que no quieren seguir viviendo en el psiquiátrico. ¡Y deciden escaparse! Así que suben al tejado y allí, frente a un estrecho hueco entre dos bloques, ven los edificios de la ciudad recortándose a la luz de la luna contemplando de cerca su libertad. El primer tipo salta sin problemas. Pero su amigo no se atreve. Ya sabes… tiene miedo a caer. Entonces, el primero tiene una idea y le dice: “¡Ey! Tengo aquí mi linterna. ¡Alumbraré el hueco entre los edificios y podrás caminar sobre el rayo hacía mí!”. Pero el otro mueve la cabeza y dice: “¿Qué te crees? ¿Que estoy loco? ¡La apagarías cuando estuviese a mitad de camino!”…».

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