La eternidad del instante…

3

—Veréis, nada tiene fin ni mucho menos un comienzo. Todo permanece en la «eternidad del instante».

―¿Qué queréis decir con eso, maestro? —preguntó con ojos inocentes el pequeño Sebastián.

—¡Oh, algo en verdad simple! Todos permanecemos esclavos en un único instante, donde todo nace, todo se desarrolla y todo perece… ¿No es maravilloso saberlo, queridos míos? —respondió el maestro, mirando a sus alumnos con un especial brillo en sus ojos.

—¿Por qué habría de serlo? —continuó preguntando Sebastián.

—Porque, querido Sebastián, la vida adquiere un nuevo sentido. Su brevedad, y su razón de existir en un único instante, nos permite pensar en cómo aprovechar el tiempo, que no tiene fin ni comienzo, sino permanece en el instante… ¿Qué harías tú, al saber que todo lo que has hecho y lo que puedas hacer permanecerá en un instante; que todo se cristalizará allí? ¿qué harías, repito, en pos de hacer de tu vida algo memorable dentro de ese instante en el que todos transcurrimos?

—¿Por qué se refirió primero a toda esta idea como «la eternidad del instante», maestro? Si el instante es en efecto, eterno, permaneceríamos siempre, por lo que se podría decir que no pereceríamos nunca… Es un concepto falto de lógica, maestro… Me disculpo si me expreso mal, no quiero ofenderle.

—Es justo y necesario, querido Sebastián, que una idea sea sometida a crítica para poder embellecerse a sí misma, transformarse a algo más excelso, algo más universal. Pues sí, todo puede interpretarse de esa manera, pero, también, el que asumamos que todo transcurre en un sólo momento, puede verse como la posibilidad de que todo renazca continuamente, a cada instante. Por eso, para tratar de unificarlo todo, sería palpable hablar de la «eternidad del instante», porque, continuamente algo nace y algo muere; todo es un ciclo, y, aunque cada cosa individual  no sea eterna, sí lo es el concepto y el hecho mismo de que, siempre hay un ocaso y un amanecer. También es aceptable hablar de ello porque no se quiere hablar de un «instante eterno», sino de  un «instante que permanece en lo eterno»; es decir que no le asignamos la cualidad de no-ser perecedero, sino afirmamos que luego de él, ya nada cambiará, todo lo que haya podido suceder se mantendrá igual… ¿Queréis decir algo más?

—No, maestro; estoy algo confundido, necesito caminar.

—Anda a paso lento ante cualquier cosa que te agite por dentro, querido.

—Lo intentaré.

Sebastián bajó la cabeza, la mirada que sus compañeros le dirigían era extraña, como si hubiesen sido despertados de un hermoso sueño. Se levantó y, tras ver rápidamente la silueta brillante del sol en su ocaso, descendió por los senderos de tierra; el Monte de las Amapolas, frente al mar, una especie de reserva natural de la belleza.

Pequeñas rocas se deslizaban bajo sus pies mientras caminaba. Sus pensamientos se peleaban entre sí, «¿Será que la lógica es necesariamente opuesta a los postulados de la imaginación? ¿O, tal vez, en algunos casos solamente, no es posible formar algo con base a ambos conceptos? ¿Será mi lógica sólo eso, ”mi lógica”? ¿Habré ofendido al maestro y que él me lo haya ocultado? ¿Por qué mis compañeros me miraban de esa manera?»… La sombra de su pensar no permitía que subiese el rostro, tan inmerso yacía entre sus pensamientos; lo único que surgían en él eran preguntas. Por eso no lograba sonreír sin hacerlo de manera hipócrita, porque su propia duda le carcomía a cada segundo. Ninguno de sus compañeros se acercaban a él por la búsqueda de una amistad, no, todo era interés y un esforzarse tras el conocimiento de un discurso vacío; porque, si bien las palabras son la base de toda sabiduría, su pronunciación es la base de toda manera de sentirla, y, el discurso que necesitaban recordar cuando a él acudían, estaba compuesto solamente de palabras frías, mecánicas, que no intentaban convencer, no intentaban persuadir.

Con andar sigiloso se acercaba lentamente Alejandro, estaba curioso de saber hacia donde se dirigía Sebastián. Lo veía a través de sus cabellos negros que caían libremente a lo largo de su rostro. «¿Qué hará ahora Sebastián? ¿Por qué se habrá confundido? ¿Es que acaso la respuesta del maestro no pudo convencerle?»… La arena, en su rostro, se mezclaba con su sudor; habían caminado demasiado lejos de la ciudad, y el ocaso que siempre renace en un amanecer, los cercaba por todos lados. Pero Sebastián aún caminaba, siempre hacia al frente, con la cabeza gacha. Alejandro, no podía entenderlo, así que, ya luego de pensarlo mucho, gritó:

—¡Sebastián! ¿A dónde te diriges? ¿No has visto acaso que el ocaso ha sobrevenido ya? No sé por qué te he seguido hasta aquí.

—¡Alejandro! Pues, ¿qué te puedo decir? Me pregunto exactamente lo mismo…

Sebastián se acercó mirando directamente a los ojos grises claro de Alejandro, posó una mano sobre su hombro, y, en un simple susurro, le dijo: «Gracias». Aún asombrado por tal reacción, Alejandro, le miró intensamente y le abrazó. Una felicidad ajena a su pasado recorrió entonces los huesos de Sebastián, una sonrisa surgió en su faz, y, como por encanto, se dejó caer.

A su lado yacía aquél joven de cabellos oscuros y de bella mirada, profunda, penetrante… Le miró con extrañeza:

—¿Qué ha pasado? ¿dónde estamos? —preguntó Sebastián, mientras se frotaba los párpados.

—¡En el mismo lugar en donde caíste! Te veías tan dichoso en tu dormir, que no quise incomodar tu descanso levantándote para llevarte a otro lugar… Pero, basta de palabras. ¡Ve el cielo! ¿No es acaso lo más hermoso que has visto?

Sebastián desvió la mirada, y lo que encontró fue una obra en verdad maravillosa. Cada estrella era un sol en sí misma, que otorgaba su luz con humildad y con altruismo. Cada una, por pequeña que fuese, representaba un potencial indefinido, una entidad donde podrían converger miles de posibilidades. El universo entero frente a sus ojos, a su lado, una sorpresa inesperada, y bajo su cuerpo, el desierto sin fin; comentó entonces algo que en verdad concordaba con lo que sentía ante tanta belleza:

—Del caos nacen las estrellas.

—Da igual de dónde nazcan, Sebastián… Lo importante es que están allí, iluminándonos ahora mismo.

Habiendo dicho esto, abarcó la poca distancia que los separaba y lo abrazó. Nada de lo que sucedió después esa noche, pudo Sebastián recordarlo.

—Querido, ¿otra vez escribiendo? ¡Ah! No sabes lo que te pierdes… Alejandro llegó hace ya una hora y pregunta por ti, he intentado distraerle, pero es demasiado persuasivo. Me ha mandado a decirte que no te perdonará nunca el que lo ignores esta noche, ya que es el único reencuentro que han hecho desde que estudiaron de jóvenes, y hasta hoy, llevas unos veinte años sin verle. ¡Pero qué extraño! Si hace unos días brillabas de la alegría cuando el maestro Franchesco te mandó la carta en la que te hablaba de ese reencuentro, y le ofreciste nuestra casa para hacerlo. Aunque, he de reconocerlo, no se necesita comprender lo que se ama… —pasó entonces su mano Anita sobre el rostro de su esposo; siempre que hacía eso, él dejaba de rechazar sus propuestas—.

Caminó sin presteza, cada paso que daba lo contaba, y, mientras eso hacía, imaginaba el rostro de Alejandro, «¿Cómo habrá cambiado? ¿Habrá sido agotado por los efectos de la vejez temprana, como yo? ¿O seguirá siendo aquél misterioso donjuán de bella mirada? ¿Me reconocerá por encontrar algún rasgo de mi cuerpo juvenil, o sólo por el hecho de que salgo junto a mi querida Anita que lo conoció por intermedio del maestro Franchesco?». Anita caminaba con dulzura, sin arrastrarse y sin correr, cada paso era una danza en sí misma. Al pie de la escalera, pudo reconocer al maestro Franchesco, aún tenía una barba larga, sus ojos verdes, y esa sonrisa tan peculiar que hace pensar que la vida, realmente, con todas sus premisas, positivas y negativas, es en verdad bella. Con un beso en la mejilla lo saludó, al mismo tiempo que le reverenció.

—Mi querido muchacho, siempre tan amable… He oído que has publicado una novela; creo recordar que se llama «Un pensador del nuevo mundo». Aún no la he leído, pero es que mi vista ya no es la de antes. Sin embargo, todos los comentarios que he escuchado han sido espléndidos.

—Muchas gracias, maestro Franchesco; a usted, entre otras personas, está dedicada esa novela. Espero que se lo hayan dicho.

—La verdad es que no; pero ahora aumenta mi curiosidad… ¡Pero no quiero entretenerte, mi querido muchacho! Hay alguien que desea verte con ansias.

Se hizo a un lado, y allí estaba. «La flor de la juventud aún yace con él…» Con sus brillantes ojos, y una enorme sonrisa, extendió Alejandro sus brazos. De nuevo le abrazó, y de nuevo Sebastián cayó ante él, aunque, esta vez, sin perder la consciencia. Anita lo miró preocupada, pero, con un ademán, Alejandro le dió a entender que él se encargaría. Pasó uno de sus brazos para sostener a Sebastián debajo de uno de sus hombros, y le ayudó a levantarse.

—¿Deseas descansar recostado, Sebastián?

—Quizás sea bueno, pero la fiesta,  nuestros compañeros… Anita.

—No te preocupes, querido. Todos sabrán que fue una indisposición que necesitaba de descanso, nadie se va a ofender; y, por lo menos, ya todos sabemos dónde vives, podemos visitarte en cualquier momento con previo aviso de unos pocos días de anticipación.

—Apenas puedo caminar, ayúdame a subir la escalera, y de ahí pasaremos a mi estudio, hay un sofá para mí, e incluso uno para ti.

Subir la escalera fue toda una odisea, todos en la fiesta les miraban, y Alejandro sonreía para evitar que se preocuparan tanto, Sebastián mantenía la cabeza gacha, estaba hablando en murmullos; varias mujeres al reconocer a ambos, intentaron acercarse, pero las miradas que les dirigió Alejandro las dejó asombradas, todas se dirigieron a Anita, y ellas les explicó que desde hacía varios días Sebastián parecía haber contraído una gripe y que, cada día empeoraba un poco. El maestro Franchesco, abrió paso entre aquél gentío en el piso superior de la casa al que se dirigían Alejandro y Sebastián. Cuando llegaron al estudio, ambos se recostaron, cada uno en un sofá, lanzando al aire un gran suspiro.

—Anita me reveló que habías estado escribiendo algo mientras no te dignabas a bajar a saludarme, ¿puedo saber qué era? —preguntó Alejandro, mientras se colocaba un cigarrillo en los labios y lo encendía—.

—Nuestra historia.

—¿Ah, sí? ¿Y hasta dónde escribiste?

—Hasta el abrazo bajo el mar de estrellas. No he podido recordar qué sucedió el resto de esa noche durante estos veinte años.

—No sucedió nada —dictaminó Alejandro con un poco de ira—.

—¿Por qué nunca me volviste a hablar, Alejandro? ¿Por qué no respondiste a mis cartas? ¿Por qué luego de veinte años de silencio pretendes que te acepte así sin más?

—Porque siempre fuiste mi amigo. Si no te respondí aquellas cartas es porque pedían respuestas a sucesos de los cuales yo no tengo conocimiento, y si no te volví a hablar fue, porque mis padres me lo prohibieron terminantemente cuando se enteraron de cómo habías respondido al maestro Franchesco. He esperado veinte años, porque ese tiempo es el que ha durado el resto de sus  vidas. Los enterré, los lloré; pero le escribí a Franchesco luego de localizarle para organizar este reencuentro.

—Así que… ¿Todos estos años han sido sólo una espera mutua?

—Y ahora que nos volvemos a ver, no habrá límite alguno… ¿Quieres regresar al desierto, o anhelas la mar? Anita también podría venir, los tres podríamos vivir juntos. ¿Qué te parece, Sebastián, vivir en constante viaje? Visitar todos los lugares, todas las culturas, llenarse de historia y… de sentir, bailar, cantar, moverse. Siempre caminar, siempre viajar ¿Qué me dices?

—No diré nada hasta que me cuentes qué sucedió esa noche.

«Sebastián durmió entre mis brazos… ¡Qué suave su mirar! ¡Qué suave su respirar!

»Sebastián durmió bajo la luz de miles de estrellas… ¡Qué piel tan delicada! ¡Qué cabello tan bravío, negro como el ébano, con curvas y levantamientos repartidos al azar, cual mar, cual mar!

»Sebastián, que descansa ahora junto a mí sin sospechar lo que por él siento, se deja llevar por el ensueño… ¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

»Sebastián, que ahora descansa bajo lo infinito y que parece mirarme sin hacerlo realmente, canta dormido… ¿Qué fuerza viva se esconderá debajo de esa voz angelical? ¿Qué sentir profundo revelará aquél sentimiento de sus manos al deslizarse por la arena?

»Sebastián, que entre mis abrazos duerme, me ha nombrado… ¿Cuántos cielos e infiernos cruzaría yo para saber lo que detrás de sus palabras se esconde?»

—Lo escribí esa misma noche, para obligarme a no olvidar.

—¿Por qué querrías olvidarlo?

—Porque era una mejor alternativa que pensar toda la vida que no tuve la suficiente valentía de decirte lo que sentía.

Sebastián se levantó y anduvo en círculos, pensando. Una idea surgió y la planteó inmediatamente:

—¿Podrías definirme qué es el amor, Alejandro?

—No sabría hacerlo, parece demasiado complejo como para reducirlo a un concepto, aún siendo lo más general posible.

—Exacto, como dijo Wilde, «definir es limitar». Así que, ¿te atreverías tú a definir lo que llegaste a sentir por mí como un «enamoramiento»? ¡Sería absurdo que lo hicieras! Después de todo, podía ser una mezcla de factores circunstanciales los que pudieron haberte influido, puede ser que me admirases secretamente por razones que ahora no necesito plantear, y que, por simple curiosidad me hayas seguido; también se anexaría la noche y mi extraña salud que me hizo desmayarme una vez y dormirme como si no hubiese descansado por días. Y el hecho que describes como el que yo «durmiera entre tus brazos» puede deberse a que, como bien sabes, en el desierto la temperatura varía radicalmente entre el día y la noche; pude haber sentido frío y, como no hallaba algo más cerca con qué cobijarme, me coloque entre tus brazos. ¿Logras ver lo que quiero decir? No lo puedes llamar amor… Eso sería limitar la acción de distintos factores externos que influyeron en ti y en mí ese día.

—También dijo Wilde: «Todos los hombres matan lo que aman…» ¿Acaso se te ha olvidado eso?

—No, pero no viene al caso.

—Claro que así sucede, Sebastián. Y si no piensas así, mejor es no discutir más, ni tratar siquiera de evitar lo inevitable. ¡Hasta luego! No te molestaré más.

Se levantó y recorrió toda la habitación con pisadas firmes, que hicieron eco por toda la casa. Al salir al pasillo todos lo miraron con asombro, pero Alejandro sólo miró a Franchesco y, cuando pasó por su lado, le susurró: «Me ha roto por dentro». Bajó las escaleras y no quiso atender a las llamadas de Anita, que le preguntaba por qué se iba así.

Recorrió las calles sin rumbo fijo, hasta que una dama se le acercó, mientras se levantaba un poco el vestido:

—¿Por qué mi señor querido estará molesto? ¿Por qué? ¿Acaso la suerte no le habrá favorecido? ¿Qué le ha sucedido a mi queridísimo señor?

—Déjame, ¡prostituta!

Un policía que estaba en la esquina se acercó rápidamente, y tomó de un brazo a la dama, y ella comenzó a gritar y removerse entre los brazos de aquél mastodonte. Alejandro, arrepentido, se acercó y le dijo al oficial que era su esposa:

—¿Por qué trataría así a su esposa? ¿Es que acaso no tiene pena? A usted es a quien debería llevarme… Por mentir, ¿cómo me va a decir que es su esposa?

Varios caballeros se habían asomado en las ventanas de las casas y las personas que estaban en la calle, curiosas estaban del alboroto que estaba formando aquél policía. Alejandro, impaciente, le contestó:

—Es que creí que me había sido infiel, oficial. Pero reaccioné a tal grado de irracionalidad porque hoy el trabajo ha sido demasiado extenuante. Espero me comprenda, y deje ir a mi esposa y a mí a nuestra casa. No causaremos mayores problemas. Se lo puedo asegurar.

—Necesito hablar contigo, Sebastián.

—Ahora no, maestro. Necesito pensar.

—Se piensa mejor cuando se es criticado —cerraba la puerta mientras decía esto—. Esto lo deberías de recordar muy bien, a mí parecer —había pasado el seguro; tomó un trago de vino—. ¿Qué es lo que le has dicho a Alejandro?

—Que lo que él sentía no podía ser amor… —mantenía su mirada baja.

—¿Qué sabe del amor quien no se digna a confiar en alguien?

—La confianza no se da por condición explícita de un cariño inherente a la persona. Sería ilógico pensar que son mutuamente indispensables en su génesis y desarrollo, la confianza y el amor —acababa de subir la mirada, y mantenía sus labios cerrados con firmeza.

—La lógica puede señalar caminos, pero estos inevitablemente ya habrán sido recorridos miles de veces, porque sus principios generales son prácticamente los mismos. ¿Las mismas reglas para distintos fines? Eso claramente puede mostrar resultados que no encajarían con ciertas «realidades». Pero en la que se encuadra generalmente al amor, la confianza es necesaria para su surgimiento y desarrollo; así que, Sebastián, sólo te tengo un pregunta: ¿alguna vez confiaste en Alejandro realmente?

Anita caminaba a través de la lluvia que acababa de empezar, y su vestido rozaba al suelo siguiendo un compás tenue, melancólico. Mantenía sus manos a los lados mientras caminaba, sin moverlas. La cabeza inclinada hacia el cielo,  y sus lágrimas entremezclándose con el agua que rozaba su rostro. No había atentido a las preguntas insistentes de aquellas que decían ser sus amigas; al igual que Sebastián, necesitaba pensar. Aunque lento había sido su andar, había llegado al dichoso puente, donde había encontrado por primera vez a Sebastián, cuando estaba decidido a morir; una medianoche, hacía ya 10 años. Se sonrió al recordar cómo lo había sostenido desde el otro lado de la barandilla, y al tener en cuenta también cómo describió en su diario aquél momento, al regresar a su habitación alquilada, junto a Sebastián. Él se había dormido mientras lloraba, y ella lo desvistió y lo cobijó, estando ya inconsciente, para luego velar por él mientras escribía.

¡Ciertamente no es el amor aquello que describen todos los románticos con pasión, querido diario! O al menos, en su devenir, no logran reducir a conceptos aquello que, meramente instintivo o fantasioso, es lo que se siente realmente cuando se habla de amor. Sostenía entre mis manos aquella obra que siempre me hace sonreír, diario mío; te habré contado de ella hasta el hartazgo, pero es que Werther es la caracterización humana de la pasión misma, si no lo es del amor, por la incapacidad que ya reconozco en cualquier escritor de definir realmente este devenir. Y caminaba recordando cómo Luis había, en su momento, aprovechado mi sentimentalismo, para que prácticamente le escribiera varios de los trabajos que tenía en su haber. Incluso con su tesis; aunque no la completé porque el ademán recibido un día realmente me hizo salir del ensueño. ¡Oh, era triste pensar en ello! Pero, ciertamente, luego olvidé todo, en un simple momento. 

Mientras cruzaba el puente de B., aún con Werther bajo uno de mis brazos, un coche pasó rápidamente. Y gracias a la luz de sus faros pude divisar una sombra en un extremo del puente. Luego pasó otro coche, y distinguí perfectamente a aquél joven que ahora duerme junto a ti, diario mío, en mi cama. En ésa fugaz percepción, noté cómo lloraba, y cómo sus manos se aferraban fuertemente a la barandilla. Solté a Werther y comencé a correr; ya había visto nubes, pero no había  llovido, sin embargo, había un charco de agua de la noche anterior, y como casi no veía por donde iba, ya que los faroles de la calle no iluminaban lo suficiente, resbalé. Me quité los zapatos y continué; pero a medida que avanzaba, en realidad parecía no hacerlo, la noche se tornaba aún más oscura, y yo corría para salvar a un desconocido. Tropecé con algunas parejas que paseaban sin percatarse de que más adelante suyo había alguien que corría peligro, me miraron momentáneamente con desprecio, pero luego regresaron a sus pasiones. Continué y me cansé. No tuve más fuerzas para seguir, así que me senté junto a la barandilla. Oí un gemido suave, silenciado, y entonces noté que estaba a lo sumo, a un metro de mí. Me levanté con lágrimas de alegría y de tristeza ¿no te parece extraño, querido mío? Y sigilosamente pasé ambos brazos por la comisura triangular que dejaban entreabierta sus brazos al posar sus manos en la barandilla, y luego lo atraje hacia mí con toda mi fuerza; y él soltó la barandilla. Pesaba demasiado, querido diario, así que empecé a gritar por ayuda.

La pareja que antes me había visto con desprecio, se acercó rápidamente; y, entre ambos, cargaron a Sebastián, que continuaba gimiendo. Lo dejaron, pero él se había postrado en el suelo, sin ánimos de caminar. Así que los miré con la mayor tristeza que podía sentir en ese momento, y asintieron en silencio. Lo postraron a tu lado, diario mío, y yo a cambio los besé a ambos, y les pregunté sus nombres para no olvidarlos nunca. «Yo me llamo Juan», dijo uno. «Y yo Antonio», dijo el otro. En verdad puedo prever que nunca podré olvidarles, después de todo, salvaron a quien, aún sin conocerle, me ha cautivado. ¿Será esto lo que llaman «amor», querido diario?

—¿Qué es lo que a mi querido señor afecta? ¿Por qué esa desdicha y mal humor?

—La vida nos da la risa y el llanto, así se distingue dicha de quebranto… —comentó Alejandro, pensativo.

—También nos da la condena; ¿es ésa su cadena?

Alejandro anduvo en círculos en la habitación del hotel; era la única forma en que podía pensar rápidamente, conservando un compás. Uno dos tres cuatro, uno dos. Uno dos tres cuatro, uno dos. El tacón de su bota resonaba fuertemente, y mientras metódicamente andaba, la prostituta por él suspiraba. Se levantó y comenzó a repetir todo lo que él hacía. Uno uno dos dos tres tres cuatro cuatro, uno uno dos dos. Se detuvo Alejandro, y le propinó un empujón que la devolvió a la cama; y continuó: uno dos tres cuatro, uno dos. Ella se tocó suavemente el hombro, y se levantó dispuesta a irse. Cruzó la habitación, uno dos tres cuatro, y cerró la puerta; uno dos. Afuera era ya medianoche; y los faroles no iluminaban nada más que un radio de 60 cm  alrededor de sí mismos.

—Todo es culpa de esta niebla… confunde a cualquiera —susurró la prostituta.

La puerta resonó suavemente y se oyó la voz del hombre encargado del servicio a la habitación:

—Señor Armiño, le he traído una cena a usted y a su compañera. Va por cuenta de la casa y no debe sorprenderse de esto porque… —Alejandro miró hacia la cama y notó la ausencia de su «compañera»— …últimamente tenemos muy pocos clientes, y mucho menos aquellos que como usted —avanzó metódicamente hacia la puerta; uno dos tres cuatro— pagan por adelantado —uno dos; el hombre tenía una leve sonrisa, y ante tal espontaneidad, se limitó a señalar el plato—. Frijoles negros, señor Armiño; una exquisitez muy apreciada por aquí.

—Muchas gracias; pero no requerimos cenar en este momento.

—Pero señor…

—Le solicito que no vuelva aquí sino en la mañana —cerró la puerta; uno dos.

El maestro Franchesco se había ido sin conocer la respuesta; ya en su casa, se dedicó a escribir una carta a Anita en la que se refería a lo que había sucedido entre Alejandro y su esposo. Lo refirió todo con la mayor delicadeza y sentimiento, porque sólo deseaba que estuviese al tanto de la situación y que pudiera así dialogar con su esposo sobre el asunto. Pero, en un determinado momento, sintió que no podía hacer eso sin consultar, al menos, a Alejandro; sería más bien una injusticia revelar eso sin que al menos él estuviese de acuerdo. Así pues, se levantó y colocó la carta junto a su lecho, dispuesto a dormir. Sin embargo, cuando estuvo ya cobijado y dispuesto; se oyó la voz de la criada al otro lado de la puerta:

—Señor Arena; la señorita Anita requiere verlo cuanto antes; está totalmente empapada por la lluvia que acaeció hace una hora, y estamos colocándole una ropa provisional, prestada por la cocinera. Le queda un poco holgada, pero todo está dispuesto para que pueda hablar con ella. Ha dicho que es urgente. ¿Desea que le prepare un té a ambos?

—¡Pero estas no son horas! Eso debería saberlo la señorita…

—Cualquiera podría saberlo, señor. Por eso mismo, que venga aún así, es más que preocupante.

—Ya me levanto; pero sirve algo más fuerte que el té.

—¿Café?

—Vino.

Se sentó en su sillón preferido; y sostuvo la carta entre sus manos. Por un momento pensó en quemarla; pero dedujo que era mejor ver qué se le presentaba y luego dar una reacción. La puerta se abrió, y se asomó Anita vestida de azul, y con el cabello aún húmedo. Sonrió levemente, y se sentó frente al maestro Franchesco.

—En verdad me disculpo por la intromisión, señor Franchesco. Salí de la reunión, porque quería seguir a Alejandro, pero le perdí el rastro. Así que me dediqué a recordar mientras caminaba, y, sin estar consciente de ello, llegué a vuestra puerta. Demás está decir que ni siquiera conocía el camino.

—Ciertamente es curioso cuando, sin saber adónde se va, se encuentra lo que se ha esperado… Y lo digo tanto por ti como por mí, deseaba conversar contigo, Anita. Sé que no te conozco lo suficiente, y que debería tratarte de «señorita», pero me temo que tendrás que asumir una confianza aún no desarrollada, debido al tema que aquí hay que tratar.

Habiendo dicho esto, tomó el sobre al lado de su cama, y se lo entregó a Anita.

—Hay un estudio en la habitación contigua a ésta, puedes leer con total calma allí.

No es sencillo, ciertamente, describir algo que no se siente; o quizá sí lo sea, en demasía. Escribir o hablar de algo que es ajeno a uno, permite cierto sentido de «seguridad», de «aislamiento» ante la posibilidad de decaer ante la vitalidad de un pensar, de un sentir. El sencillo acto de describir, es en sí mismo un acto de «despersonalización» ante un determinado tema, por ello mismo temo que, al recontar ciertos hechos del pasado, no sepa realmente transmitir con suficiente pasión lo que en ellos fluye y refluye.

Sebastián llegó a la «Academia de las Altas Amapolas» cuando recién cumplía 7 años, su padre, herrero de profesión, su madre, historiadora; como herrero sobrevivió Orlando en «Pétite Fleur», remodelando cada una de las casas del pequeño poblado frente al mar. Alicia, por su parte, dejó de escribir, y se dedicó a mantener un pequeño huerto. Desde que comenzó, Sebastián alegaba orgulloso el inmenso trabajo de su madre al mismo que degradaba el de su padre, con tanto ahínco y tanta constancia, que Orlando pereció como si hubiese sido un mero relleno. Alicia, calló desde la muerte de su marido, y trabajó en el huerto día y noche.  

Naturalmente esto forjó un nuevo panorama en lo que respecta al (la) orgullo/vanidad/felicidad de Sebastián. Quien desde entonces no habló más que para contestar a alguien, y no por iniciativa propia. Devolvía saludos de la forma más ahorrativa posible, y en vez de su sonrisa plena, indiferente al resto, se sellaron sus labios, y sus cejas se curvaron lo suficiente hacia sus esquinas contrapuestas, como para darle una expresión siempre melancólica. Sus intervenciones se redujeron, y si guardo un recuento detallado de todo, es porque acostumbraba a mantener y preservar un expediente de cada alumno.

Hubo una vez en la que quise transmitir un pensamiento que me había llevado años formular. Sebastián lo refutó, y se retiró. Una semana después, su madre murió; y entonces, por un acto de orgullo, se trasladó a un pueblo vecino, y vivió como indigente  hasta los 15 años [su padre había muerto en cuanto cumplió los 9, y su madre a los 12], luego se fue, y nadie le siguió el rastro; así se mantuvo todo hasta que, Alejandro, hace ya un mes, luego de veinte años, hubiera caminado por todas las cercanías consultando a las personas mayores, intentando encontrar sus rastros, para luego encontrarse la noticia en un periódico local, de un joven escritor, que acababa de publicar su novela, y ya era gratamente elogiada [afortunadamente no se había cambiado el nombre, y mantenía algunos rasgos de su juventud].

¿Por qué buscó Alejandro a Sebastián? Ya previamente planteé que, cuando habló en un primer momento, lo motivaba el orgullo que sentía por parte de su ascendencia, y en un segundo momento, habló solamente lo estrictamente necesario. He aquí el vacío que ha dado pie a esta nota… Verás, Anita,  si bien es cierto que Sebastián rehuyó de los demás por dos motivos/circunstancias diferentes, eso no impidió que otros se interesaran. Cuando digo «otros» me refiero a ti y a Alejandro, ya que no tengo conocimiento de otra persona. Alejandro, por su parte, había sido criado en «Pétite Fleur», y estaba naturalmente destinado a morir allí, madre agricultora, y padre carpintero. También un poco aislado, aunque no rehuía de participar en cualquier actividad que se le planteara.

En un principio, todo era una mirada inocente, un acercamiento precavido, un preservar y un conocer curioso, un apreciar y callar. Notable en el preciso sentido en que, si bien todos veían a Sebastián en cuanto participaba, nadie lo hacía con aquél brillo peculiar en la mirada de Alejandro, ni con esos labios apretados, con sutil desesperar. Noté las miradas, mas no el trasfondo que tras ella se escondía, hasta que Alejandro dejó por error un pequeño escrito en su pupitre. Lo leí, pensé que era un ensueño, y mis sospechas se acrecentaron cuando noté que a partir de ese día Sebastián le devolvió todas sus miradas, hasta el día en que se fue, una semana después, por la muerte de Alicia.

En un final, todo fue un suspirar, un recordar melancólico, un aspirar a lo imposible, un imaginar lo que no pudo y no fue, un adolecer y esperar. Contrario a cualquier expectativa, Alejandro entonces recibió la atención de varias de sus compañeras, y algunos compañeros, las unas le ofrecían un amor invaluable, los otros una amistad perdurable. Sonreía, pero no correspondía. Así que poco a poco dejaron de insistirle… Lo vi algunas madrugadas, justo al amanecer, sentado, esperando el sol. Sólo una vez intenté hablarle:

—¿Por qué no hablas?

No lo necesito.

¿A qué aspiras entonces?

A cobijarme en el calor y en la luz del sol, que todo lo encubre, que todo lo hace soportable.

¿Qué puede parecerle insoportable a quien tiene algo que comer y beber cada día, así como un lugar donde dormir y asearse?

El comer, el beber, el dormir y el asearse sin alguien que, de una u otra manera, lo reduce, y, a un mismo tiempo, lo ensalza. 

Me retiré entonces, y dejé que el sol lo acompañara. No volvió a decir palabra, más allá de la estrictamente necesaria. Aunque no sabría dar veracidad al pequeño poema que escribió en su momento, todo parece indicar que, al menos en Alejandro, una «obsesión» surgió para luego ya no irse.

Sebastián se hallaba sentado frente al escritorio, la papelera a su lado estaba ya llena de borradores desechados. 21 veces había escrito la misma frase, intentando desarrollar algo a partir de ella

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

—¡Un vals!, he ahí el dilema. El argumento y ambiente… —se puso de pie, y bailó al compás de una melodía invisible.

Uno.
Mira el reloj, hace un conteo entre dientes.

¿Qué ilusiones se esconderán bajo sus cabellos? ¿Qué secretos profundos estarán detrás de sus labios?

Dos.

La eternidad del instante. «¿Serán aquellas ilusiones vanas en las que incurren muchos? ¿O serán las ensoñaciones más sublimes, más incomprensibles? ¿Serán sus secretos palabras aún no dichas, aún no sentidas, besos imaginados?».

Tres.

Sus manos tiemblan, la nota se cae.  Alguien toca la puerta.

Cuatro.
Mira el techo.
Mira la ventana.
Mira la puerta.

Cierra los ojos,
sonríe pícaramente,
abre la puerta.

Uno,
ya no respira;
corre por las calles,
comienza a llorar.

Dos,
suena un retumbar de platos caídos al suelo;
un eco de pasos alegres e inocentes,
un vestido rasgado.

Tres,
un niño mira dudoso a su maestro;
alguien camina curioso detrás de un misterio,
la luna brilla sobre el desierto.

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3 comentarios en “La eternidad del instante…

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