«Un monstruo en París», o la decadente originalidad del cine de animación…

paris

El verdadero carácter o personalidad de una historia generalmente surge cuando se deja de lado su aparente sencillez, y se está dispuesto a profundizar. De eso nos advertía ya Wilde cuando dijo que todo arte era a su vez «superficie y símbolo», y, que, quien sólo se enfocaba en la/el superficie/símbolo, lo hacía a su propio riesgo. Y es que, una obra de arte, no podría ni debería dejar indiferente a todos… Para terminar de dar una base razonable, habría que definir qué es «arte»; ¿acaso se podría? ¡Por supuesto que sí! Y mientras la definición más corta esté, más sencilla habrá de entendersé (sí, con la tilde puesta) El arte es, en cualquiera de sus formas, «expresión» o la cualidad/capacidad de representar un(a) idea, sentir, acción.

¡Expresión! Eso es lo que puede verse desde un comienzo, ante los dibujos en blanco y negro, que luego cobran vida. Primero un título, «Romance de primavera»; luego un subtítulo, «Un monstruo de París». Una música evocadora, nostálgica, envuelven con aire misterioso. A primera vista un ciudadano algo tímido, que se ruboriza al ver a la querida compañera de trabajo. Luego un ególatra potencial, que se enorgullece de un abrigo de heno. El discurrir de relaciones amistosas sutiles alientan la sonrisa en el rostro, un tímido joven se encuentra con su amigo, que lo lleva a una tienda donde debe de buscar una pieza vital para reparar el proyector del cine donde trabaja. Un humor precario y fino en distintas ocasiones se vislumbra desde ya, al mismo tiempo que ambos amigos, recorren al París inundado por el Sena (1910 – http://bit.ly/1hl7hAa).

Las circunstancias se aglomeran hasta el punto en que, lo que parecía ser una especie de comedia romántica juvenil pasa a ser algo más, algo impreciso. Kafka recordaría entonces a Gregorio Samsa, y es lo que primero se sospecha ¿cuál de los dos amigos habrá sido transformado? La cuestión se resuelve inmediatamente, y comienza así un rechazo extremado por todo París por algo que ni siquiera se ha visto en toda su integridad. ¡Pero esto parece sólo un recuento del argumento! ¿De qué sirve? Ciertamente, recapitular lo que sucedió, con el propósito principal de luego opinar sobre él, se hace en todos los casos, consciente o inconscientemente.

¡Sensibilidad! o la cualidad/capacidad de no tratar con rechazo/indiferencia a algo/alguien  El arte es expresión, porque capta todo con tez curiosa y lo representa. Y de entre el rechazo, el orgullo y el prejuicio, existe al menos una persona que confía y protege al «monstruo» quasi-kafkiano (en apariencia). Así, renace la esperanza; se reforza la persecución, y la curiosidad de los amigos redirige sus vidas. La concepción de que, entonces, para que algo cambie es necesario un factor-influyente-externo, o, refiriéndolo con la psicología contemporánea, aquello que esté fuera de la zona de «confort», adquiere de nuevo poderío. Sin embargo, se puede entender que, aparte del factor externo es necesario, esencial, tener la voluntad de…

El «monstruo» ya no «en» sino de París, podría concebirse entonces como «el monstruo común a toda cotidianidad», una especie de «monstruo» universal y a la vez individual, que, sin importar si fuese una pulga, un escarabajo, o sólo una nube de incertidumbre en la mente, forma parte de todos. Pero ¿qué es el monstruo? ¿Sólo miedo? ¿sólo duda? ¿sólo el rechazo sutil de lo que se vuelve repetitivo en cada individualidad? El monstruo es la inocencia, el potencial creador que, sin saberlo o reconocerlo, se determina como «innecesario» en un punto determinado de la existencia, y, por lo tanto, el que, en su ausencia, permite que todo se considere con excesiva frialdad y racionalidad.

No es la sencillez de ésta poética/perfecta ambientación del panorama de la psique colectiva [llevada a cabo por Bibo Bergeron http://imdb.to/18tKZKL], lo que realmente se puede apreciar en todas sus melodías, en todas sus miradas, en sus palabras; es su voluntad de sin-intentar ser/significarlo todo; ser algo. Sólo cabría esperar que «el monstruo» de la inocencia, de la decadente originalidad, dejase de ser/significar «monstruo» alguna vez.

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