POETAS DEL SUBSUELO (Poets of Subsoil) [drama en cinco actos]

Captura de pantalla de 2013-11-06 12:43:16

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PERSONAJES

JOSEFO CASADIEGO, artista surrealista.

TILDA MARTÍNEZ, psicóloga.

LISA KEY, fotógrafa.

MATIAS KEY, su esposo, crítico de arte.

FRÉDÉRIC SINCLAIR, comerciante.

VALERIA SINCLAIR, su hija, diseñadora de moda.

SEBASTIÁN ARENA, poeta.

MIGUEL GALLEGOS, estudiante de arquitectura.

EDUARDO QUINTERO, profesor de español.

ANA QUINTERO, ama de casa.

PEDRO ARABI, asistente de oficina.

ALBERTO FULCANELLI, jefe de redacción del diario «Memorias del Subsuelo».

*****

ACTO PRIMERO

En la calle adyacente al «Instituto de Ciencias y Artes», del poblado «Shriver». Un hombre vestido de traje, está recostado en una esquina, mirando el cielo. Un pintor, en la esquina contraria, realiza un fresco de esa situación tan extraña. Una fotógrafa, decide inmortalizar el momento, por lo que hace clic en el botón de su cámara; en la imagen, un pintor dibujando el boceto de un hombre vestido de traje mirando el cielo. Detrás de la fotógrafa, está esperando con varios expedientes en la mano, una psicóloga que se dispone a entrar al «Instituto de Ciencias y Artes».

MARTÍNEZ. — (Cruza la calle y se fija en el hombre de traje.) ¡Miserable hombre! No le basta con la desgracia propia, sino, además, lleva puesto un traje para traernos vergüenza.

LISA. — (Volteándose luego de tomar la foto.) No existe peor desgracia que rechazar por el orgullo.

JOSEFO. — (Distraído de su quehacer.) Yo veo a ese hombre, y sólo veo a un igual.

MARTÍNEZ. — (En voz de grito; dirigiéndose al hombre de traje.) ¿Quién eres tú?

SEBASTIÁN. — (Con una sonrisa en los labios; luego de incorporarse.) Soy un hombre de fortuna y gusto.

LISA. — (Guardando la cámara.) ¿Eres feliz?

SEBASTIÁN. — (Aún con la sonrisa.) ¿Por qué no habría de serlo? A fin de cuentas, conmigo o sin mí la vida sigue su camino. Yo sólo tengo derecho a mirarla.

LISA. — (Devolviendo la sonrisa. Y preparándose para salir.) Estoy de acuerdo, pero tengo que irme. Cuídate…

SEBASTIÁN. — Tu también.

JOSEFO. — (Con picardía juvenil; dirigiéndose a Lisa.) ¿Qué esperas? ¡Grítale tu nombre!

LISA. — (Apoyando las manos alrededor de la boca en forma de óvalo.) ¡Me llamo Lisa!

JOSEFO. — (Con euforia; a punto de retirarse.) También tengo que irme, pero ha sido un placer conocerle, señor…

SEBASTIÁN. — Sólo llámeme Sebastián.

MARTÍNEZ. — (Bajando la mirada.) Lamento la manera en que le he tratado. No debí; es el trabajo, uno comienza tratando locos, para luego convertirse en uno.

SEBASTIÁN. — (Tocándole sencillamente el rostro.) Las palabras se las llevó el viento… ¿sabes por qué miraba al cielo?

MARTÍNEZ. — ¿Tal vez por la búsqueda de la belleza?

SEBASTIÁN. — Casi. Lo hacía porque, ante tal inmensidad, reconozco que estar aquí ha de ser toda una aventura.

(La conversación es interrumpida por el estrépito causado por los materiales de un joven estudiante de arquitectura, al chocar estos con el suelo. Prontamente, el estudiante se agacha para recogerlos.)

MIGUEL. — (Levantando la mirada.) Lo lamento mucho. Fue un accidente.

SEBASTIÁN. — (Se acercó.) Estás equivocado, amigo mío. Así es la vida, un pasaje sin retorno hacia lo desconocido.

MARTÍNEZ. — (También se acercó a ayudar.) Un viaje que pocos ven con esperanza.

(Sebastián ve con curiosidad a Tilda.)

MIGUEL. — (Con todos sus materiales ya guardados.) Ha sido maravilloso conocerlos, ¿puedo saber sus nombres?

MARTÍNEZ. — Me llamo Tilda.

SEBASTIÁN. — Me llamo Sebastián.

(El estudiante, se retira. Tilda y Sebastián se ven, sin decir nada, y se retiran; caminan 3 pasos, y giran la cabeza. Sebastián, se recuesta, a ver el cielo, y Tilda, mirando sus papeles; acelera el paso).

*****

ACTO SEGUNDO

El departamento de redacción de «Memorias del Subsuelo». El editor en jefe, Fulcanelli, camina sin cesar. Pedro Arabi, su asistente, no dejaba de tipear las palabras de su superior:

I. «El crítico de arte, Matías Key, ha declarado de “arriesgado y sin sentido alguno” el nuevo rumbo del pintor Josefo Casadiego: “Ya no es cuestión de forma o de contenido; todo su arte vulgar y extravagante, se enfoca en el retrato de paisajes o personas de apariencia absurda. El arte deja de ser un acontecimiento estético y sublime, para volverse algo simple y rutinario”».

II. «El profesor de español, Eduardo Quintero, fue agredido verbalmente en base a la etnia a la que pertenece. El estudiante, que, por ser menor de edad, ha de permanecer en el anonimato, se levantó en medio de su clase para proferir a voz de grito, lo que, según distintas fuentes fueron estas palabras: “¡Regrese a Cuba! ¡A donde pertenece! Con los negros… Con los miserables”».

III. «Frédéric Sinclair, uno de mayores representantes del comercio internacional, ha anunciado el descubrimiento de un nuevo combustible; le ha bautizado como “orimulsión”. Ha señalado las ventajas sobre la gasolina, y ha profetizado que será el “combustible del siglo XXI”».

ALBERTO. — (Acariciándose la barbilla.) El poder de las palabras es subestimado; no quieren reconocer que bajo ellas todo es solamente nada.

PEDRO. — (Con una mano en la máquina de escribir.) El problema, señor, es que algunos creen que piensan.

ALBERTO. — ¡Ingenioso! Un punto a su favor, Arabi.

(La puerta del jefe de redacción se abre con violencia, una mujer, con el cuello en alto, está allí de pie.)

ANA. — He venido a declarar en contra del alumno que insultó a mi esposo.

ALBERTO. — (En la comisura de sus ojos se desbordaba la ambición.) ¡Con todo el derecho! ¿Quiere usted que las autoridades intervengan?

ANA. — Quiero que ese muchacho no pueda tener nunca un trabajo.

PEDRO. — ¿Para esto existe la libertad de expresión? Renuncio, señor, no había creído que usted fuera capaz de hacer esto.

(Pedro se retira, e, inmediatamente detrás de él, llega Valeria Sinclair)

VALERIA. — Mi padre acaba de romper su testamento. Hace una semana el médico nos habló a él y a mí sobre su delicada condición. Me había sonreído y llamó con urgencia a un abogado para pedir consejo. Luego se redactó el testamento, en donde se especificaba que iba a heredar la compañía y que el 10% de las ganancias de toda la producción se reservaría para mi uso personal y exclusivo. Pero esta mañana, tomó el documento de mi herencia y…

ALBERTO. — ¿Se fijó en un joven que había salido de aquí un poco antes que usted? Vaya con él, le encontrará la ayuda que necesita.

*****

ACTO TERCERO

Pasillo de la editorial del diario «Memorias del Subsuelo». Valeria Sinclair halló a Pedro Arabi y le explica su situación. Él la escucha con atención y luego la toma suavemente del brazo.

PEDRO. — Hemos de visitar a una amiga mía, Tilda Martínez.

VALERIA. — ¿Y dónde está?

PEDRO. — Al otro lado de la ciudad.

VALERIA. — Eso está a tres horas y media de aquí.

PEDRO. — (Encogiéndose de hombros.) Puedo hablarle por teléfono.

(Pedro le pide silencio a Valeria, mientras marca el número. Ella lo mira con curiosidad, sin saber qué pensar)

PEDRO. — ¡Buenos días, princesa! ¿Cómo has estado?

TILDA. — Nunca mejor.

PEDRO. — Me alegro. Tilda, querida, ¿me podrías hacer un favor inmenso?

TILDA. — ¿Cuál?

PEDRO. — Necesito que otorgues tratamiento especial a un señor muy necesitado.

TILDA. — (Dudando.) Está bien… ¿cuándo empiezo?

(Termina la llamada y Pedro dirige una mirada cautivadora a Valeria, quien no termina de entender a que se refirió cuando dijo «tratamiento especial».)

PEDRO. — Tu dilema está solucionado.

VALERIA. — ¿Cómo puede ser así?

PEDRO. — ¿Acaso no lo ves? Mi princesa hablará con tu padre.

VALERIA. — ¿Y qué le podría decir?

PEDRO. — Los secretos de la mente.

(Pedro acerca su rostro de manera inconsciente. Valeria se aleja. Lo ve con duda.)

VALERIA. — La confianza sólo llega a través del reparo del error.

PEDRO. — ¿A qué te refieres?

VALERIA. — A que debes enseñarme tus defectos y luego corregirlos. Así se ama realmente.

PEDRO. — Es más fácil amar que ser amados.

VALERIA. — C’est la vie.

*****

ACTO CUARTO

Comedor público ubicado en el C. C. «El revés». Dos mesas en primer plano, tres en el fondo.

FRÉDÉRIC. — No lamento nada, ni lo bueno ni lo malo.

TILDA. — No es cuestión de vergüenza, señor Sinclair. Es cuestión de futuro, se trata de su hija, no de un simple estudio de mercado.

FRÉDÉRIC. — La vida no es importante.

TILDA. — ¿Quién puede asegurarlo?

FRÉDÉRIC. — Sólo el realista.

(Tilda abre la carpeta que mantenía bajo una de sus manos.)

TILDA. — No quería recordarle el incidente del 2 de noviembre, pero si es necesario…

(Frédéric dirige la vista hacia otro lado y agudiza su oído. Necesitaba escuchar cada palabra.)

TILDA. — Tenemos que hablar del pasado… ¿sabía que, aún hoy puede comparecer en un juicio y ser declarado como «incompetente mentalmente»?… Todo su dinero iría a su hija inmediatamente. Lo vital aquí es decidir si convertir todo esto en una lucha extenuante, o dejar las cosas en paz ahora, y permitir que la muerte traiga felicidad a todos.

(Las voces de las personas sentadas en las mesas vecinas se hicieron oír sobre el ruido general. Eduardo Quintero hablaba con su esposa.)

EDUARDO. — (Con sonrisa disimulada.) ¿Por qué no te vi ayer?

ANA. — Estaba poniendo en orden unos asuntos.

EDUARDO. — (Llevándose un pedazo de carne a la boca.) ¿Cuáles?

ANA. — (Levantándose con ira.) ¡Los que deberías solucionar tú!

EDUARDO. — (Bajando la mirada.) Soy humano.

ANA. — A veces, demasiado.

(La pareja Key, por otra parte, intercambian opiniones.)

LISA. — ¿Acaso yo soy algo simple y rutinario?

MATÍAS. — ¿Por qué dices eso?

LISA. — Porque el gusto y las preferencias conforman a las personas. Y si yo admiro el arte de Casadiego yo también he de ser algo «simple y rutinario».

MATÍAS. — No fue lo que quise decir.

LISA. — Explícame entonces.

MATÍAS. — Dije eso porque Casadiego logra simplificar la existencia cada día. No podría darnos un mejor regalo que ese.

(Valeria y Pedro, en una tercera mesa, comentan el día a día de «Memorias del Subsuelo».)

VALERIA. — (Luego de tomar agua.) ¿Puedes contarme la historia del diario en el que trabajas?

PEDRO. — En realidad, la verdadera historia sólo la conoce Alberto Fulcanelli, el editor en jefe, ya que ha estado allí desde su fundación, primero como asistente de oficina y luego pasó a poseer el cargo que actualmente ejerce. Nosotros sólo conocemos leyendas.

VALERIA. — Cuéntame.

PEDRO. — Verás, se cuenta que, un muchacho que perdió ambos padres a la edad de los 17 años, comenzó a vivir en las calles. Abandonó sus estudios y trabajó como recogedor de basura. Su sensibilidad juvenil fue aplacada y desarrolló otra más completa. Comenzó a tomar cualquier papel que se conseguía, dejó de mendigar por comida o dinero, sólo pedía lápices o plumas.

»Escribía pequeños poemas y los recitaba en una de las plazas más concurridas. Así se ganó el pan por un tiempo. Un día, cuando la Luna y el Sol estaban juntos en lo alto, un hombre se detuvo y, en vez de dejar alguna moneda, le pidió que lo acompañara; era el señor Fernando Fulcanelli.

»FERNANDO. — ¡Venga amigo! Quiero saber su historia.

»Así se enteró de la historia de, como le llamaban por aquel entonces, «el poeta tuerto». Lo que sucedió después ya no permanece en la leyenda: Fernando Fulcanelli escribió su novela “Memorias del poeta tuerto” y, al año siguiente, fundó el diario “Memorias del Subsuelo”; en donde publicó por un período de 6 meses los pequeños poemas que “el tuerto” le enviaba.

»Luego, el poeta tuerto desapareció sin más. Fulcanelli admitió que la idea original del diario había sido del tuerto. Murió al poco tiempo y, su nieto asumió el cargo que ocupaba, porque su hijo había iniciado otro negocio. “Memorias del Subsuelo” pasó de ser una antología poética a simple colección de chismes; lo sé, porque trabajo allí desde hace 7 años».

VALERIA. — (Conmovida.) Es una historia hermosa y triste.

PEDRO. — (Sonriendo.) Toda historia lo es.

(«El Danubio azul» comenzó a ser interpretado con pasión. Todos se levantaron con elegancia, y comenzaron a bailar. Sebastián que estaba en la cuarta mesa junto a Josefo y a Miguel, comenzó a escribir; Josefo a dibujar; Miguel, a imaginar la construcción de un edificio al compás de la música.)

*****

ACTO QUINTO

Culminado el vals, las once personas que en las mesas principales [del comedor] estaban, se presentaron unas a otras. Incluso entre desconocidos. Reunieron las mesas y, en su entusiasmo, planearon su futuro.

SEBASTIÁN. — Ha de tener un nombre que nos refleje como conjunto.

PEDRO. — ¿Qué les parece «Poetas del subsuelo»?

LISA. — ¿No habría problemas con el nombre del diario?

ALBERTO. — ¿Por qué? Sólo significaría un nuevo comienzo…

(Las once personas le miraron con curiosidad, simpatía y duda, todo al mismo tiempo.)

PEDRO. — Señor Alberto… ¿Por qué está aquí?

ALBERTO. — Ansiaba la llegada de este día. Pero dejemos a un lado el sentimiento por un momento… ¿Cuáles son sus habilidades?

(Uno tras otro hablaron; cada uno un genio en su área. Decidieron redactar un acta para no olvidar el cambio que habían dado a sus vidas. Al final del documento dejaron la frase que los guiaría y, antes de retirarse para dar comienzo a su ideal gritaron todos al unísono…)

— ¡Todos estamos en las alcantarillas; pero algunos miramos hacia las estrellas! (O. W.)

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3 comentarios en “POETAS DEL SUBSUELO (Poets of Subsoil) [drama en cinco actos]

  1. ¡Me encantó! me recuerda al estilo de Barbara Viterbo Gutiérrez. Léete «el buque rojo» (2012) solo para que rectifiques lo que menciono. Si lo llegases a leer te darás cuenta de que aunque se presentan «temáticas paralelamente distintas» si llegas a hacer al lector comprender ciertos sentimientos de forma muy parecida. Saludos Joan.

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