JIMÉNEZ URE A CONTRACORRIENTE (reseña)

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En cierta forma es verdad lo que dice Gil Otaiza de esta obra en su crítica (ya incluida): «[…] se muestra al Liscano humano […]». Y es curioso esto, porque, dentro de mi familia, al mencionar que trabajaba un libro de Juan Liscano, todos bajaban la mirada como si de una figura que estuviera en plena y permanente apoteosis se tratara.

En mi caso, conocí primero a Jiménez Ure, entre un montón de libros antiguos de mi abuela, que ejerció durante 28 años como profesora de castellano y literatura. La obra se titulaba «Suicidios» (1982, libro que pronto trabajaré para EPL), y mentiría si dijera que no lo pude soltar desde que lo descubrí, y que tuve que sentarme a leerlo inmediatamente (lo que me llevó dos días). El ingenio de su autor, aparte de la franqueza y sobriedad de su expresión, me resultó extraña, pero muy estimulante. De pronto, como por encanto, creí en la posibilidad de la existencia del protagonista de uno de los relatos, un psicólogo que había experimento con sus dos hijos varones de formas extremas (aquí no caben especulaciones sobre abusos sexuales, y lo anoto por si acaso).

En lo que respecta a Liscano, me vi sorprendido por la reacción que tuviera frente a Ure, allá en 1978, cuando había leído su primera obra. Recordé débilmente lo que revela un personaje ficticio: «[…] En ocasiones el crítico también se arriesga para defender algo nuevo […]». Lo que apunta ya Otaiza es lo que intuitivamente uno puede vislumbrar, existe la posibilidad de que Liscano se identificara de tal manera con Ure, que la acción de leer y comentar sus obras fuese similar, figurativamente, a verse y hablar con su propio reflejo en un espejo. Pero, lo que considero pudo ser el principal catalizador de la relación amistosa entre ambos escritores y entre el lector ureliano y su principal hacedor de ficciones, es que, tan sutil realidad despliega Jiménez Ure en sus historias, que, uno empieza a dudar sobre el posible elemento experiencial detrás de cada palabra. Es decir, la posibilidad de que lo narrado tenga un trasfondo real, por pequeño que fuese; tal y como revelaría Gallegos en un prólogo a la Doña Bárbara de 1954. Un ejemplo para este planteamiento es la duda razonable que surgió en mí cuando, leyendo por vez primera Crimen y castigo, saboreé la posibilidad de que Dostoiévski hubiese al menos conocido personalmente a un criminal, y que de allí se hubiese servido para describir con total franqueza, irónicamente llena de tautologías, su psicología.

De cualquier manera, conocer cómo desde 1978 hasta 1997 permaneció firme una amistad, donde uno pudiera pensar que sólo cabría la envidia, es esperanzador. Lo único que realmente provoca temor al leer las lucubraciones de Liscano frente a Ure, es que exista aún y permanezca así, el desinterés frente al talento literario:

«Venezuela es un país sin tradición creativa literaria. Gallegos, después de su gran trilogía Doña Bárbara, Cantaclaro y Canaima, se asustó de sus fantasmas interiores, y suplantó la creación literaria por la acción política. Fuera de esos tres libros, lo demás es malo, malo. La nombradía política le gusta más a un escritor que el trabajo auténtico creativo, porque este no retribuye en prestigio social. Pero eso sucede porque, a su vez, la gente es indiferente a la labor creativa literaria. Le repito, en literatura, aquí no pasa nada, salvo cuando factores extraños a la misma, entran en juego. Y esa es la tentación peligrosa para el joven deseoso de imponerse: buscar el escándalo para atraer la opinión, el público.

»Muchos de los desplantes escriturales o públicos culturales se deben a ese deseo de llamar la atención. Pero eso es caer en el juego de inoperancia literaria, de bastardaje o de ignorancia. Hay que resignarse con voluntad pesimista de combate y estoicismo: los escritores y la literatura son minoría y para minorías. Si se quiere ser estrella, en un país como el nuestro, allí están las telenovelas y la política». (III. Carta de Liscano a Alberto Jiménez Ure sobre la Literatura Venezolana, incluida en Jiménez Ure a contracorriente.)

Respecto a esto, el único consuelo llega cuando se considera que se vive en un mundo de indiferentes selectivos.

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