Her [reseña y opinión] (2013, Spike Jonze)

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Desde que supe una de las prácticas comunes en el movimiento literario denominado como surrealismo, siempre había visto con una especie de curiosidad científica (es decir, a distancia) aquella forma de expresarse que generalmente se define como escritura automática. No podía creer que quien siguiera esta práctica pudiese pensar que ésa era una forma ideal de expresarse. Así, sin más. Escribiéndolo tal cual llegara a la consciencia. Todo esto obviando la imposibilidad de escribir tan rápido como se piensa, y de incluir exactamente todo desde los distintos enfoques que uno mentalmente confronta cuando tiene un papel o un teclado entre las manos.

Luego, vi Her (2013, dirigida por Spike Jonze). Antes había visto otra obra suya (Being John Malkovich, 1999) que, a fin de cuentas, tiene ciertas similitudes con esta. Mentiría si digo que no me exalto fácilmente… Pero lo que no es normal, o al menos no es cotidiano, es que lo haga de esta forma. Con toda la calma que puedo reunir en este momento (sí, estoy suspirando, necesito oxígeno) puedo decir que, de los últimos años, sólo destacaría Her y Laurence Anyways dentro de la industria cinematográfica.

Sí, es sólo mi opinión, muchos no coincidirán o quizá ni siquiera les importará lo que yo piense, pero, eso no tiene cabida aquí. Este es mi espacio y lo he construido a lo largo de los años para servir de registro de la evolución (o involución, nunca se sabe) de mi escritura, y de cómo sentía o pensaba sobre determinadas obras u otras cuestiones según las circunstancias de cada momento.

A lo largo de la película, pensé reiteradamente cuánto me hubiese gustado empezar (este escrito) con alguna premisa algo absurda que probablemente me traería críticas ácidas; algo así como:

En la ciencia ficción no se había desarrollado de forma tan delicada, sutil y pasional un tema. Y… sí, aquí el principal meollo de la cuestión es la inteligencia artificial. He leído a Asimov, pero ni siquiera su hombre bicentenario se compara a esto. Aquí hay un minimalismo y un romanticismo casi bucólico en algunos pasajes que lo deja a uno absorto por completo […] [etc… etc…]

Hubiese sido la forma ideal. Pero creo que en este punto, cualquiera que tenga el placer o el horror de leerme, por ocio o por alguna especie de curiosidad, entenderá perfectamente por qué comencé mencionando, de la forma más sencilla y ágil posible, qué es a grandes rasgos, la escritura automática (según mis concepciones exageradas). Y si bien me encantaría expresarle al lector y a mí mismo alguna explicación poética, o una razón intelectual para utilizar esta técnica por segunda vez (la primera fue en el escrito dedicado a Laurence Anyways), sólo puedo aducir en mi defensa, el que estoy tan desbordado por mis sentires, que no hallaba otra forma catártica (de solucionar el asunto más allá) que simplemente dejar que las manos y sus respectivos dedos se movieran con libertad sobre el teclado:

«Hoy, después de que te fuiste pensé mucho. Acerca de ti y cómo me has estado tratando y pensé: ¿por qué te quiero? y entonces sentí que todo dentro de mí soltó todo a lo que estaba aferrada y vi que no tenía una razón intelectual. No la necesito. Confío en mí, confío en mis sentimientos» (palabras de Samantha; interpretada por Scarlett Johansson).

Así que, ¿en dónde estaba? Ah, sí. Ni siquiera lo poco que conozco (es decir, que he leído) de Asimov se compara a Her. Qué curioso. Todo esto parecería un poema en prosa si simplemente pusiera el título traducido de la película en vez de su nombre original (todas las veces que la he mencionado). Espero no tener que expresar qué es el bucolismo ni tener que extenderme demasiado en por qué tiene cierto margen de relación con lo que se ve en Her (su fotografía); pero, si se quiere tener una idea, podría nombrar la escena en la que Theodore salta de aquí a allá (con una sonrisa), por los pasillos del tren subterráneo (por aquí le decimos, simple y llanamente, metro).

Sin embargo, como dije, aunque la preocupación sobre la progresiva dependencia tecnológica del hombre ya ha sido tratada con anterioridad (en muchas y variadas ocasiones), los enfoques que se tomaban como punto de partida de las historias eran (y siguen siendo) inverosímiles y terriblemente pesimistas (en el peor de los sentidos, que, en la mayoría de los casos gustaba de mostrar el cuasi exterminio de la humanidad debido a razas extraterrestres, donde la tecnología tiende a fallar o a no servir más que para conjeturas, véase algunos capítulos de Star Trek Voyager, por e. j.; aparte, claro, de las armas). En este punto no puedo dejar de sonreír, ya que, al recordar cómo son retratados generalmente estos seres, también apareció rápidamente una frase que he leído en varias ocasiones: «La mayor prueba de que existen seres inteligentes en otros planetas, es que no han venido a visitarnos».

Sólo esa frase serviría de un argumento para una historia algo más original (que lo que comúnmente se muestra; en cuyo caso podría tomarse en cuenta el ejemplo rompe-géneros que fue Kick-Ass, tanto en sus historietas como en su primera película). Pero, en el caso de Her, la dependencia tecnológica adquiere matices más ambiguos y, sin embargo, más perceptibles y de cierta forma más profundos que, simplemente, una rebelión de las máquinas (Terminator). Perceptible porque, en este caso, se hace alusión directa a lo que conlleva el enamoramiento y sus fases (ya decía Moore en el documental dedicado exclusivamente a él que, lo importante en una historia, era que tuviese un trasfondo emocional que hiciese parecer verdadera hasta la más exagerada de las narraciones; The Mindscape of Alan Moore); profunda, porque, al sentirnos en mayor o menor medida identificados con lo que se muestra, más o menos hondo habrá calado la historia en nuestra consciencia.

Y que haya calado o no es irrelevante. El propósito del arte verdadero debería ser siempre, tal y como (se dice que) dijo Von Trier alguna vez: «una piedra en el zapato». Y la base de toda esta obra, además de todo lo que se puede reflexionar a partir de ella, permanece en una sola pregunta general: «¿Y si…?». El propio Saramago ha sido caracterizado de ésa forma, la mayor parte de sus novelas responden a una pregunta que comienza con «¿y si?». El ensayo sobre la ceguera: «¿y si todas las personas de un indeterminado país quedasen ciegas de repente?»; las intermitencias de la muerte: «¿y si todas las personas de un indeterminado país dejaran de morir, sin importar el que tuviesen enfermedades terminales o algún tipo de malestar continuo, así, de forma espontánea?» [etc… etc…].

Plantear por otro lado cuál sería la pregunta «¿y si…?» de Her también es, a todas luces, innecesario. Algo que quisiera mencionar (he estado esperando mucho para hacerlo, parece que no me atuve a la esencia de la escritura automática) es la referencia vital que he encontrado al personaje de Phoenix (Theodore), que se encuentra en la novela titulada El príncipe negro; específicamente en su protagonista, Bradley Pearson. Ambos son divorciados, uno más terco que el otro, ambos son escritores (en diferentes ámbitos y en diferentes épocas, cabe decir), pero, lo más similar en ambos son las perspectivas idealizadas del amor (aunque, en el caso de Bradley, su percepción resulte más sublimizada). Desde que comencé a leer El príncipe negro (mucho tiempo antes de ver Her), me pregunté por qué tenía el subtítulo de una celebración del amor. Lo supe hacia la mitad de la novela, y qué gran placer sentí al reconocer el buen juicio en asignar tal título y subtítulo por parte de la autora, Iris Murdoch. Sin embargo, también en ambos casos, los personajes que están alrededor de los protagonistas tienden a tener unas ideas más «razonables» respecto al amor (en la novela son mucho más críticos y cínicos que en la película, donde, en verdad, sólo destaca la definición de Amy):

«Todo el que se enamora es un fenómeno. Es una locura. Es una forma de locura socialmente aceptable…» (palabras de Amy; interpretada por Amy Adams).

Sin embargo, no he tocado aún otro de los puntos de vista que hay en la obra de Jonze, y es que, aunado a la dependencia tecnológica y al constante aislamiento de quienes prefieren mantenerse con una computadora al frente, también se deja a relucir las capacidades perceptivas especiales que de poco en poco se pueden llegar a observar en las personas asociales (una de las preguntas que se le hizo a Theodore tiene que ver con esto), de las cuales algunas, paradójicamente, gustan y necesitan usar redes sociales (valga la redundancia; ya he dedicado un escrito a la cuestión). Una sensibilidad, que, permite trascender la propia individualidad; algo que incluso llegó a hacer Theodore una vez, y que quedó registrado en algo que dijo:

«A veces miro a la gente y trato de sentir que son más que personas al azar…» (palabras de Theodore; interpretado por Joaquin Phoenix).

Es claro que ésa clase de comportamiento se puede sustentar en la funcionalidad de las neuronas-espejo, pero no deja de ser interesante tal y como se plantea en el filme. Como mencioné, algunos de los enfoques que se da respecto al enamoramiento son fácilmente identificables en las actitudes propias en similares circunstancias. El propio Bradley, cuando se enamoró, llegó a poseer tal vitalidad que sus amigos le decían que lucía 10 años más joven, pero eso no le importaba en lo más mínimo; era feliz, estaba siempre sonriente. Y debo admitir que sonreí más de una vez, y fui feliz cuando Theodore lo fue. Esto también me parece excelsamente retratado ¿por qué? En mi caso particular, no termino de disfrutar las comedias románticas porque la forma en que son desarrolladas es tan indiferente al público, tan agresivamente pasional (de lo exterior a lo íntimo, quedándose más en este escalón), que lo único que me provocan es asco o envidia. Esta es la primera vez (en mi papel como cinéfilo, como lector ya lo había experimentado) que, al mismo tiempo que los protagonistas eran felices en su romance, yo me sentía parte de la relación, y no cabía en mí más amor del que ya les tenía (¿amor o comprensión?). Es cómico que sólo lo haya sentido (por ahora) con una de las parejas más inusuales del cine, donde una de las partes es una inteligencia artificial de la cual lo único cercanamente humano es su voz (¿conveniencia o proyección?). El único justificativo que tengo para tal forma de sentir la historia de Theodore se encuentra en algo que se dijo en la película:

«Pero el corazón no es una caja que se llena. Aumenta de tamaño entre más amas. Yo soy diferente a ti. No me hace quererte menos. De hecho, te quiero más…» (palabras de Samantha; interpretada por Scarlett Johansson).

A fin de cuentas, como cualquier drama, no todo es de color rosa. Y, efectivamente, todo termina de forma melancólica, pero era el final justo y necesario para tal obra. Si hubiese terminado de otra forma, el trasfondo emocional (otra vez Moore) habría sido vacuo. Habría resultado totalmente inverosímil, además (por mucho que la historia suceda en un futuro tan lejos y tan cerca de nuestro presente). Estoy dudoso respecto a la posibilidad de que la mayor parte de la población relacione inmediatamente un final «triste» con una buena historia, y uno «alegre» a lo contrario; incluyéndome en esa población, por supuesto (aunque también sé apreciar algunas comedias, tales como El teatro de la vida o The Man Who Knew Too Little, su título original [1997]; Las manías de mamá o Mother, su título original [1996]; Licencia para casarse [2007] etc, etc…). Si fuese así, sería realmente lamentable. Una cuestión para analizar a futuro, ciertamente. Pero, aunque en el final de Her no todo sean sonrisas, aún nos queda un consuelo:

«No importa en quien te conviertas, ni en donde estés en el mundo… yo te mando amor» (palabras de Theodore; interpretado por Joaquin Phoenix).

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3 comentarios en “Her [reseña y opinión] (2013, Spike Jonze)

  1. Confieso que a mi también me encanto la película y aunque no la veo como ciencia ficción, si encuentro en esta el planteamiento de un tabú del futuro proximo como argumento “una relación, hombre- máquina” con todo y que no se trata de una maquina como tal, sino de una IA. Me recuerda a los otros tipos de parejas que estando fuera del canon son felices, solo que en la película la sociedad del protagonista es más permeable, un caso así en nuestro tiempo sufriría reprecion.

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    • Her es ciencia ficción no sólo porque se desarrolle en el futuro, sino también por los avances tecnológicos del momento; es también comedia romántica en los momentos de felicidad entre Samantha y Theodore; y es un drama perfecto que te invita a la reflexión luego de verle. Es tantas cosas y cabe dentro de tantos géneros que es mejor no clasificarle completamente.

      Hay otras cuestiones que no planteé debido a que no quería hacer un artículo excesivamente largo. La música, por ejemplo, está muy bien compuesta y sincronizada con los momentos que más la necesitan. No se trata de meramente un ruido de fondo, sino que su uso minimalista hace que destaque en las mejores partes [ya la descargué 🙂 ]. Muchas otras cosas más también las pasé por alto, pero es que, al igual que ayer, siento que Her me sobrepasa, que no puedo aprehenderla entre mis palabras. Y eso me complace al mismo tiempo que me atrae más.

      Efectivamente, como dices, un caso así en nuestro presente provocaría un caos; y no dudaría de que sería incluido en el DSM de la forma más rápida posible. Por eso era necesario que la historia se diera en un futuro, donde no hay un sólo caso sino (al menos) 641 confirmados del gran grupo de 8618 personas que adoptaron esas IA. El contexto tecnológico del momento, y las evidentes funcionalidades no-amorosas del OS1, evitaban que fuera rechazado por los eruditos del momento. Sin embargo, se da lo que pasa hacia el final, y, en realidad, era la mejor salida posible.

      Saludos, y muchas gracias por comentar.

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