El silencio (opinión)

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Subestimamos el silencio; quizá sea un mecanismo de defensa ante un miedo instintivo. Quizá sólo sea que nos recuerda un factor opuesto y excluyente de nuestra naturaleza social: la soledad. Puede deberse a diversas razones que hasta cierto punto son inabarcables, pero el hecho permanece: el silencio no es apreciado lo suficiente.

Por lo contrario, estamos acostumbrados y dependemos de toda clase de sonidos: desde el susurro hasta un grito o una alarma a todo volumen, todo esto sin olvidar la música. Sin importar géneros, esta ha pasado a ser y significar el máximo elogio y la mejor representación de nuestra clara necesidad de estímulos auditivos en todo momento. Ya sea por miedo, por costumbre o por cualquier otra razón, el silencio viene a ser para una gran mayoría algo simplemente insoportable.

Algo curioso en verdad, por supuesto. La ausencia de la mayor parte de ondas sonoras a fines prácticos podría ser simple y llanamente un descanso necesario ante el continuo estímulo del sentido del oído. Podría ser, en cualquier otro caso, el anhelo profundo de cierta tranquilidad en el entorno con el propósito de que el individuo se sosiegue gracias a la influencia del ambiente en donde se encuentra. Podría ser, parecer y significar otras cosas sin sentidos o connotaciones negativas. Y en esos casos sería más preciada y alabada esa ausencia.

El silencio, la oscuridad y el vacío son, al menos simbólicamente, figuras que evocan la totalidad de una parte del instinto y de la forma en que este es asumido por una indeterminada tradición de la que cualquier individuo se deja influenciar por naturaleza y costumbre. De esta forma, no es tarea sencilla ni práctica abogar por una asunción valorizadora del silencio, no ante este tiempo ni la mayoría imperante. Sin embargo, es razonable la coexistencia de la realidad y las proposiciones ideales. Ambos elementos se complementan y conforman en su conjunto el sistema de cosas que rige y regula todo.

El problema se plantea plenamente si se trae a consideración que la necesidad exagerada y constante de estímulos auditivos no presupone que se tenga la voluntad de atender atentamente a todos los que se pudieran presentar, sino que serían apreciados de forma generalizada en la medida en que pudieran constituir un relleno, una base, un soporte que oculte todo lo que el silencio, la oscuridad y el vacío representan en el símbolo (de acuerdo a la tradición): lo insoportable.

De ahí la diferencia clásica entre oír y escuchar: oír es dejar que todos los estímulos auditivos sean captados por la respectiva capacidad sensorial (actitud pasiva), mientras que escuchar es, en resumidas cuentas, concentrarse en algo particular de todo aquello que se oye (actitud activa). Subestimar el silencio al mismo tiempo que se elogia el ruido es, de alguna manera, la depreciación del sonido y de todo lo que él puede significar. La música también se podría considerar un relleno ante este modo de pensar, y con ello no sólo se rebajaría un arte sino todo lo que él ha producido.

Una reconsideración crítica del silencio no sería en ningún modo, por esto mismo, un rechazo o una clase de indiferencia ante el sonido. Ambos conforman y son explicados por una unidad subyacente: el ruido. Ante esto último es interesante aclarar la postura compartida por un profesor de música (Gustavo Pacheco): «Sin una estructura de orden (en algunos casos, el pentagrama), la música sólo sería ruido».

El silencio, como se dijo, podría ser un descanso necesario o un anhelo profundo; tal vez más, quizá menos. Lo que conviene, en cualquier caso, es escuchar el silencio (aunque parezca una paradoja). La sensibilización ante lo que comúnmente se permanece indiferente no es necesariamente agregar complejidad inútil a cuestiones que se tienen y asumen como sencillas, por lo contrario, representa el intento más sincero de encontrar la verdad «en» y «desde» las cosas en sí mismas.

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