Sobre la lectura… [ensayo incompleto]

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Anónimo brasileño leyendo «Misterios» de Knut Hamsun…

Alguien dijo alguna vez que la lectura era el más egoísta de los vicios,[1] y quizá tenga razón. El sentido común ―la vanidad― jamás podría aceptar dicha postura, claro está. A quien le es demasiado propio tal placer, sólo podría encontrar una generalización totalmente imprudente en tal aseveración y, por otro lado, diría que sin argumentos no se puede defender o apoyar la misma. A quien no le interesara lo más mínimo el asunto podría solventarlo todo poniéndose de lado de quien se vio herido y ofendido y, con ánimo hipócritamente conciliador, abogar por aquel principio no escrito que dice que todo lo que se hace sin dañar a nadie tiene posibilidad de considerarse «bueno». Ambas personas, tanto la que reclama como la que sólo la apoya, estarían equivocadas; es decir, se habrían dejado llevar por un impulso y habrían mal interpretado toda la cuestión.

Decir, pues, que la lectura es egoísta, no hace sino resaltar lo que es fácilmente apreciable: quien lee se aísla, requiriendo para su gozo o displacer de unas cuantas palabras en un papel o en una pantalla. Quien lee, además, lo hace para sí mismo, incluso cuando lo hiciese frente a un público que escuchara atentamente. Decir, además, que es un vicio, hace referencia a su carácter potencialmente adictivo; es decir, al anhelo, la necesidad de encontrar al menos un poco de consuelo o placer frente a unas pocas líneas. Allí donde el cine o la música unen y re-unen a todos, allí mismo la lectura separa. Y quien se reconozca auténtico defensor de la misma no podría sino reconocer lo que es evidente: es el más egoísta de los vicios.

No se trata de hacer juicios maniqueos donde se tenga decir que la lectura es «buena» o «mala», eso supondría regresar al medioevo. Tal como dijo otra persona alguna vez: «No existen libros morales ni inmorales. Los libros están bien escritos o mal escritos. Eso es todo».[2] Se trata, entonces, de realizar una aproximación a la esencia del vicio más egoísta, con la finalidad de encontrar una definición mínimamente aceptable. La más repetida, usada y difundida es aquella que dice que «leer es identificar palabras y ponerlas juntas para lograr textos significativos»,[3] siguiendo esta misma línea se dice que «el aprendizaje de la lectura supone el dominio de una habilidad para reconocer palabras y adquirir un vocabulario de palabras visualizadas».[4] Este concepto se fundamenta en el conductismo, tal y como lo reseña Spiro en su escrito titulado «Procesos constructivos en la comprensión de la prosa y el recuerdo»[5] y Kenneth Goodman en su artículo «El proceso de la lectura».[6]

Sin embargo, hay que tener en cuenta que esta definición muestra solamente una de las dos amplias perspectivas respecto a la lectura y al lenguaje. Por un lado está la concepción asociacionista,[7] que plantea que cada persona imita modelos externos y reproduce pasivamente el lenguaje[8] que le circunda.[9] De la relación directa entre esta concepción y la lectura, surge la teoría de las sub-destrezas.[10] Esta generalmente se aplica a las habilidades motoras complejas, como jugar fútbol, tenis o andar en bicicleta; pero, respecto a la lectura, la caracteriza como una destreza cognitiva compleja conformada por una seria de sub-destrezas simples que se pueden enseñar o aprender, entre las cuales está la identificación y el reconocimiento de las palabras.[11] El proceso de la lectura, según esta concepción y esta teoría, se caracteriza por ser un modelo de abajo hacia arriba; es decir, desde la página impresa al lector y, es un proceso que se reduce a tres pasos: primero, la decodificación de la palabra ―es decir, su identificación y reconocimiento―; segundo, la unión de las palabras en frases y, tercero, la comprensión del texto.[12] Por lo tanto, desde esta concepción y teoría, el proceso del vicio más egoísta se reduce y simplifica a ser algo meramente mecánico.

Por el otro lado, está la concepción constructivista fundamentada en la psicolingüística ―que busca la correlación entre lenguaje y pensamiento―. Desde esta perspectiva se plantea que cada persona opera sobre el lenguaje: re-construye sus reglas y se apropia activamente de él.[13] No se ve al hombre como en la concepción asociacionista; es decir, como una especie de máquina que recibe información y la organiza de acuerdo a un modelo o método externo al que imita.[14] Sino que, valga la redundancia, se da un proceso de construcción que se ejemplifica en la relación entre el sujeto y el objeto a conocer. De la relación directa entre esta concepción y la lectura, surgen las teorías holísticas;[15] las cuales no reducen la misma a un proceso de tres pasos como la teoría de la sub-destrezas, sino que la caracterizan como una serie de anticipaciones, de hipótesis formuladas, más tarde confirmadas o rechazadas, por parte del lector.[16] Es decir, que quien lee no sólo se limita a recibir la información descrita en el texto, como piensa la concepción asociacionista, sino que se involucra con la misma. Y, de hecho, es por eso que la concepción constructivista y las teorías holísticas presenta un modelo de arriba hacia abajo;[17] es decir, desde el lector hacia la página impresa, dando así mayor énfasis a quien lee que a la información del texto.

Tomando todo esto en cuenta, habría que re-formular el concepto de la lectura, y podría olvidarse aquello de que la misma es meramente una identificación y reconocimiento de palabras, la adquisición de un vocabulario y la comprensión del texto dada en tres simples pasos. Sería aún más, la lectura pasaría a ser, entonces: «un esfuerzo de comprensión en busca de un significado que consiste en el intento de conectar algo que se da ―el texto―, con algo que es más que lo dado ―el lector―».[18] Es por ello que Frank Smith, en un estudio de 1971, estableció que al leer se necesita de dos cosas: una información visual (que es la que aporta el texto) y una información no-visual (que es el aporte del lector).[19]

Pero, más allá de lo dicho, el que escribe estas líneas debe reconocer que se encuentra entre aquellos soñadores que buscan sumergirse en realidades distintas, épocas pasadas, suspirar por romances ajenos, y, además, ser demiurgo de sus propias historias. Admite, por otro lado, que el más egoísta de los vicios es uno que comparte con otros solitarios y emparejados, y no se avergüenza ni se enorgullece al hacerlo. El asunto no es, como se dijo, decir que leer sea bueno o sea malo, sino que es importante como forma de escape y de alivio, es decir, de catarsis ―como todo el arte en general, de hecho―. Y, también, como forma de compartir experiencias de forma individualizada porque, si bien es cierto que el lector se aísla, no lo hace de todos ni para siempre. Se abstrae por momentos (horas, minutos o días) para luego volver de su estado febril y compartir su entusiasmo, tristeza, enamoramiento y demás con quienes, como él, han conocido un mismo mundo (una obra o un autor). Es de este modo que la lectura impulsa el mutuo reconocimiento entre personas: tenemos momentos de soledad donde lo único que nos acompaña es un texto y, luego, momentos de compartir lo que llegamos a sentir a raíz de ese escrito. Lo único necesario es un café o un vaso de agua, un sitio donde sentarse a parlotear y a mover animadamente las manos, un agradable clima y alguien que también se pierda placenteramente en los brazos seductores del más egoísta de los vicios.

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NOTAS AL PIE

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[1] Uslar Pietri, A. (1992), p. 144.

[2] Wilde, O. (2001), p. 9

[3] Una cita de Lerner de Zunino, D., y Muñoz de Pimenter, M., 1986, p. 15.

[4] Ibid.

[5] Incluido en Spiro, R., Bruce, B., y Brewer, W. (Eds), 1980.

[6] Incluido en Ferreiro, E. y Gómez Palacio, M. (Eds), 1982.

[7] Lerner de Zunino, D., y Muñoz de Pimenter, M., op. cit., p. 15.

[8] Chomsky, N., 1957.

[9] «Pasivamente» quiere decir aquí: «sin cuestionamientos, sin esfuerzo
alguno por parte del sujeto».

[10] Un destreza consiste en un tipo de comportamiento específico que requiere de adiestramiento y de práctica constante para su adquisición (Lampe, A., 1999, pp. 21-22).

[11] Ibid.

[12] Lampe, A., op. cit., p. 23.

[13] Confirmado por Frank Smith y otros en 1973 (Lerner de Zunino, D., y
Muñoz de Pimenter, M., op. cit., p. 16).

[14] Chomsky, N., op. cit.

[15] Lampe, A., op. cit., p. 21.

[16] Goodman, K., 1968.

[17] Lampe, A., op. cit., p. 24.

[18] Spiro, R., et. al., op. cit. 19

[19] Smith, F., 1971

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BIBLIOGRAFÍA

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Uslar Pietri, A. (1992). Chúo Gil y otras obras. Caracas, Venezuela: Monte Ávila Editores.

Chomsky, N. (1957). Syntactic Structures. La Haya, Países Bajos: Mouton.

Ferreiro, E. y Gómez Palacio, M. (Eds). (1982). Nuevas perspectivas acerca de los procesos de lectura y escritura. México DF, México: Siglo XXI.

Goodman, K. (1968). The psycholinguistic nature of the reading process. Detroit, Estados Unidos: Detroit State University Press.

Lampe, A. (1999). El método diagnóstico-prescriptivo en la enseñanza de la lectura. Caracas, Venezuela: Ediciones de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador.

Lerner de Zunino, D., y Muñoz de Pimenter, M. (1986). Comprensión de la lectura y la expresión escrita en niños alfabetizados, 1: lectura en niños alfabetizados. Caracas, Venezuela: Ministerio de Educación, Dirección de Educación Especial.

Smith, F. (1971). Understanding reading. Nueva York, Estados Unidos: Holt, Rinehart and Winston.

Spiro, R., Bruce, B., y Brewer, W. (Eds). (1980). Theoretical issues in reading comprehension. Hillsdale, Estados Unidos: Routledge.

Wilde, O. (2001). El retrato de Dorian Gray. Madrid, España: Ediciones SM.

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