Hijo de hombre… [reseña de «The Kings of the Summer», 2013]

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«Hijo de hombre, busca y ve
que tu alma libre esté.
[…]
Hijo de hombre
un hombre has llegado a ser».

(Phil Collins)

Al leer a Dostoiévski por segunda vez, teniendo en mis manos Los hermanos Karamazov, entre toda la palabrería de los personajes sólo hubo una frase que se quedó fija en mis recuerdos: «Debes buscar la felicidad en el dolor…». Supongo que para quien prefiere quedarse en lo trivial y en lo superficial, tal consejo sólo puede adjudicarse a alguien que tuviese tendencias masoquistas o a lo sumo conformistas. Sin embargo, no parece adecuado que el sentido o el propósito de tales palabras aleccionadoras sólo sea el de «resígnate ante todo», porque, si ésa hubiera sido la intención, se podría haber dicho de otra forma más cruda y más directa. Es más factible creer que aquello que quiso decir el novelista ruso fuese, simple y llanamente, que la felicidad y el dolor son dos opuestos co-rrelativos. Es decir, que no podrían ser el uno sin el otro, o, dicho de otra manera, que no podríamos apreciar ninguno de ellos sin hacer referencia al otro ―identificamos comúnmente a la felicidad con la ausencia de dolor y viceversa―.

Sobre el amor, por otro lado, repetimos hasta el hartazgo que es ciego, tal y como lo dijo Shakespeare en su primera obra de teatro. De lo que no solemos hablar, sin embargo, es de aquellos pobres desafortunados quienes se entregan sin ser correspondidos. O, mejor dicho, no conversamos seriamente al respecto ―porque es un tema común de bromas, donde se destaca la dichosa expresión «la zona del amigo»―. Quizá suceda así porque quienes se burlan son demasiado cínicos, están resignados a su soledad o, mas bien, sí son correspondidos; cualquiera de esos tres casos son plausibles. El hecho, sin embargo, permanece: quien padece algo que para nosotros es desconocido, sólo sabemos consolarlo con las mismas «palabras maestras» ―expresión que explica y usa Edgar Morin en su Introducción al pensamiento complejo―: «cálmate», «todo va a ir bien», «todo pasa por algo», y un largo etcétera. Lo que expresaba Venegas de esta forma:

«Todos los que no entienden de perder
te dirán “no pasa nada la vida seguirá”,
todos los que no saben de soledad
te dirán “todo se olvida otro ocupa su lugar”
[…]»

Joe, el verdadero protagonista de esta historia ―interpretado por Nick Robinson, quien encabeza esta reseña―, no sólo es uno de esos que se entregan para darse cuenta finalmente que quien les hace suspirar no va a terminar entre sus brazos, sino que, además, tiene un padre ausente y una madre recientemente fallecida. Como si esto no fuera poco, la amistad infantil en la que tanto confiaba en su debido momento le fallaría. Todo esto, sumado a la necesidad de independizarse prematuramente, hace que se refugie en el bosque, lejos del mundanal ruido, de la multitud desenfrenada. Este contacto con la naturaleza permite, por extraño que suene, que aprenda muchas cosas, entre las cuales se distingue justamente aquella de la que ya hablaba Dostoiévski.

De modo que nuestro solitario Joe tuvo que doblegarse ante su dolor, regodearse entre las alcantarillas ―metafóricamente hablando― y abrazar todo aquello que le hacía daño. Algo a lo que apuntaba Hegel cuando usaba el término «Aufhebung» ―conservar y superar―, es decir, no desechar, rechazar o eliminar lo que se considera malo o inútil, sino aceptarlo como un momento del desenvolvimiento de algo, y, además, superarlo ―seguir hacia adelante―. Dicho de otra manera: pensar en retrospectiva (dialécticamente) para comprender el pasado y el presente, pero siempre con un pie en el futuro. Lo que hizo Joe, entonces, fue madurar reconociendo todo aquello que alguna vez fue o que alguna vez sintió, y, aún así, seguir con su vida. Es así que pudo dejar de ser simplemente un adolescente para convertirse en hombre. Nadie podría haberlo hecho mejor…

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