Dov’è l’amore [reseña de «Swiss Army Man», 2016]

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NOTA PREVIA: Todas las imágenes que acompañan este breve escrito son fotogramas de la película en cuestión. Obviamente la licencia Commons no se puede aplicar a las mismas, éstas se han incluido bajo la regla de «fair use».

Oh, qué será, qué será
que vive en las ideas de los amantes,
que cantan los poetas más delirantes,
que juran los profetas embriagados,
que está en las romerías de mutilados,
que está en las fantasías más infelices,
los sueñan de mañana las meretrices,
lo piensan los bandidos, los desvalidos.
En todos los sentidos será que será
que no tiene decencia ni nunca tendrá
que no tiene censura ni nunca tendrá,
que no tiene sentido.

(Chico Buarque)

Respecto al lenguaje sabemos que es limitado y limitante, por lo que, comúnmente, se hace necesario hacer uso de analogías para intentar expresar lo que llegamos a sentir. De ahí la famosa expresión sobre las «mariposas en el estómago», de «pequeños agujeros negros en el corazón», y de estar «tan feliz como una lombriz». Necesitamos de comparaciones para intentar abarcar lo que nuestras palabras no pueden mostrar suficientemente. Hablar o escribir, pues, no es más que un intento de aproximación; y ante esta discapacidad intrínseca del lenguaje nos doblegamos, pero vislumbramos una salida: simples gestos en medio de un silencio compartido. Un beso, un simple roce, una caricia o un abrazo sincero expresan en ocasiones mucho más que cualquier palabra.

Si esto no fuera cierto, no estaríamos vivos. Pues la existencia de uno sólo adquiere sentido en su relación con el todo del que forma parte, y si no hubiese algo que supliera el vacío del lenguaje no podríamos mostrar en ninguna forma aquello que es enteramente nuestro y ajeno al mismo tiempo: aquella necesidad natural de estar con los demás. Si un silencio compartido entre pequeños gestos no valiese más que mil palabras, personas no seríamos. Tal vez algo más, una fría máquina calculadora aunque frágil por estar hecha de carne y no de metal. Pero, si así fuese, habríamos dejado de ser sin haber muerto, pues nuestra esencia ―sentir y pensar― se habría corrompido en pos de un extremo absurdo: ser única y exclusivamente racionales.

Afortunadamente no es así, claro está. Esa esencia nuestra, el estar en constante conflicto por las diferencias entre lo que pensamos y lo que sentimos, es lo que nos lleva hacia adelante y hacia atrás. Un vaivén al que estamos predispuestos y del que no podemos escapar. Ahí está el quid del asunto, en sobrellevar nuestra condición al mismo tiempo que nos acercamos a los demás, que se enfrentan a lo mismo, en mayor o menor medida. La necesidad de expresar aquello que el lenguaje no puede, nos une. Entonces se comparten momentos, historias. Reímos, lloramos y no dejamos de hablar, nos acercamos poco a poco. Y es curioso, porque el intento de abarcar lo inefable es lo que nos lleva a amar completa y enteramente.

Manny y Hank ―los protagonistas de esta historia― no se dijeron todo, pero no lo necesitaban realmente. Al menos supieron ser irónicos sobre el vacío del lenguaje:

―Tengo una sensación y no sé cómo llamarla. Siento que aunque ahora estoy encima de ti, tocándote físicamente, hay algo atascado entre nosotros. También siento que tienes algo que decir, pero no sabes qué decir, así que ninguno de los dos dice nada, y siento que, por algún motivo, esto podría durar para siempre. ¿Eso es algo?

―No, no es nada.

―¿Y nadie jamás se ha sentido así?

―Podrías ser el primero en la historia de la humanidad.

Habrá quien sólo vea en Swiss Army Man una muy curiosa amistad, pero amistad al fin y al cabo. Y probablemente sea quien piense, al leer lo ya escrito, «¿dónde está el amor (dov’è l’amore) en esta historia?». Se encuentra ahí, ¿acaso no lo notas? En los pequeños gestos que expresan más que las palabras. En un simple roce, en un simple «estar-ahí».

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P.D.: Si se quieren ver otros fotogramas, se puede revisar este albúm.

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