La genialidad y la locura [REVERÓN]

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La pintura, el cine, la música, todo es luz…

La locura, siempre ha podido ser diagnosticada sin reparos en aquellos individuos que, por ciertas conductas o pensamientos recurrentes, se diferencian parcial o absolutamente a la mayoría aceptada y reconocida. La genialidad, se atiene al mismo concepto básico; personalidades distintas que, en vez de ser rechazadas y recluidas a habitaciones blancas, son rechazadas o no, pero siempre permanecen profundamente respetadas, a lo menos. Es así que realizar una distinción entre genialidad y locura, es, para muchos, una cuestión demasiado subjetiva; o, por otro lado, demasiado dicotómica.

Sin embargo, es una cuestión que llega a la mente de manera indudable para aquél/aquella que ve con suficiente interés la obra de Diego Rísquez del 2010, titulada simplemente, y con la mayor fuerza poética, «REVERÓN». Una obra que, al menos, pone en duda, la percepción de la realidad que se tiene sobre las cosas ¿Por qué? ¿Acaso transcurre con varios discursos filosóficos? ¿Escenas dramáticas que se sirven de una nostalgia por lo que nunca se vió? El único discurso que dice el propio protagonista se resume en esas tres palabras: todo es luz. Y, aún así, en sus lágrimas, por la falta de comprensión del resto en lo que respecta a lo que él verdaderamente sentía por su arte, es cuando uno comienza a  vislumbrar esa duda que lo deja a uno inválido, deshecho, postrado frente a la cuestión que, si se resolviera, evitaría muchas nostalgias y sufrimientos: ¿Qué distingue a la genialidad de la locura? ¿Su manifestación? ¿Su expresión?

Pero «REVERÓN» es mucho más que el retrato singular de un artista subestimado con creces, es  el intento de un rapto. Sí, Rísquez intentó con maestría el rapto de nuestra atención, e incluso de nuestra voluntad… Sin importar que el público fuese extranjero o nativo, aparte de cuestionar la percepción sobre las cosas en lo que respecta a los juicios que se puedan construir con base a determinadas ideas o conductas, plantea el desinterés y la crueldad con la que se pretende rechazar o ignorar lo que verdaderamente le es común a uno; el arte propio o aprendido, que se manifiesta desde y en las entrañas de la tierra propia, donde uno pertenece, por haber nacido dentro de ciertos límites geográficos. Y este último planteamiento no se hace directamente, eso es cierto; es más una idea que surge cuando, al ver la originalidad/genialidad del personaje que se intentó describir en la obra, puede reconocer uno la propia ignorancia o indiferencia que generalmente aplica a las cuestiones referidas a las ideas surgidas y desarrolladas en las personas que, vivieron o aún lo hacen bajo un mismo territorio. Y no es cuestión de mero patriotismo, sino de la justa apreciación que debería de tener cualquier manifestación artística, sin importar la región geográfica a la que pertenezca su autor(a).

Por otra parte, hay un discurso pronunciado a través de la actuación de Sciamanna, y es uno que se podría atribuir a numerosos artistas esteticistas que, explican el por qué del sentir de Reverón con su pintura, a través de sólo una frase: el arte por el arte. Es decir, bajo la óptica de este pintor y otros artistas, el arte sólo debería darse con el fin de exaltarse a sí mismo; y, bajo esta perspectiva, es más que aborrecible la idea de crear algo, pensando sólo en la retribución económica. ¿Debe entonces vivir el poeta del aire con el pronuncia sus versos? ¿Debe el pintor vivir de la luz y la oscuridad que inspira sus cuadros? ¿Debe el músico vivir del baile que se provoca a sí mismo, con sus melodías? No, eso tampoco es lo que se quiere decir. Es esencial que se pueda tener cubiertas las necesidades básicas propias, pero, lo que sí se proclama con firmeza, es que no se puede pretender vivir del arte; porque éste en sí mismo, es una necesidad que requiere ser cubierta, y no debiera ser asumido condicionalmente como un medio para satisfacer las otras necesidades que se pudiesen tener.

A su misma vez, el pensamiento que explicaba que todo es luz, podría asumirse como analogía entre los conceptos de genialidad y locura, y, bajo la premisa de que al compartir tantas características, sólo se pueden reconocer como parte de una misma cosa en sí, sería más que particular decir que a la cosa que pertenecen, es la razón misma. Es decir, que pertenecerían al potencial desarrollable para relacionar elementos de igual o distinta naturaleza, y al hacer esto, poder compararlos, observarlos, analizarlos. Si se continuase la analogía, sería recomendable recordar las palabras del propio protagonista pronunciadas como respuesta a una pregunta:

La esencia de mi arte es el blanco, y la mierda.

Es así que, la genialidad podría ser representada por el blanco, y la mierda podría representar la locura. ¿Por qué necesariamente en ese respectivo orden? Porque, la genialidad se podría describir como aquél conjunto de pensamientos y conductas recurrentes que, desembocan unidireccionalmente, en el acto de creación;  y esta acción misma, desde tiempos inmemoriales, se identifica siempre con lo alto, lo difícil de alcanzar, y esto, relacionándolo con todo es luz podría identificar al sol  como su representación, pero lo más cercano a su figura es la mera blancura. Continuando, si la genialidad y la locura fuesen partes de una misma cosa, podría establecerse la mayor o menor manifestación de una sobre la otra, o su combinación, a través del establecimiento de distintos niveles de percepción sobre la realidad, y del tipo de expresión que conllevaría el querer plasmar de alguna manera lo que, con la mayor o menor presencia de una, se pusiese a disposición del conocimiento propio que se pudiese tener. Si se aceptara como válida esta premisa, tanto locura como genialidad, serían parte de un mismo potencial, y su mayor  o menor expresión en la conducta y en las ideas de una persona, no tendrían por qué distinguirla como se hace, ya que, se reconocería que lo que manifiesta con mayor apasionamiento otra individualidad, forma parte de la naturaleza propia, y lo que no, sería un potencial no-desarrollado.

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